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Los dragones (interiores) y la lanza quijotesca: Breve diccionario clínico del alma (2010), de Jesús Ramírez-Bermúdez

People who deny the existence of dragons
are often eaten by dragons.
From within.
 
Ursula K. Le Guin
The Wave in the Mind:
Talks and Essays on the Writer,
the Reader and the Imagination, 2004

1. La sonrisa de la esfinge

 El escritor literario de hoy día, al igual que los intelectuales más célebres de la Modernidad, encara el desafío del mundo en que vive y dimite al falso idilio de la promesa ―armónica mas siempre ilusoria― de la evasión y la fuga. Una posible conjetura sobre la ficción actual es que en ella el arte brota en la veracidad y en la documentación y pocas veces en la fábula radical. Lejos estamos ya de aquellos plantos bucólicos y polifémicos que tenían su más profunda base en la simulación plena.

Sólo hace falta leer alguna de las novelas o crónicas que se publicaron en los últimos diez años en Latinoamérica para observar que, horrorizados por nuestra deshumanización, las autoras y los autores actuales trabajan más con la realidad cotidiana y, sobre todo, saben que la literatura, voz artística de la verdad, no puede ya escapar de ella 1 Quizá, y esto habría que pensarlo con más detenimiento y en otro lugar, no estamos ya ante el compromiso social expuesto y teorizado por Georg Lukács, sino frente a una intuición de la realidad expresada en gestos discordantes. Así, el arte es el lugar donde mejor se aprecia que el individuo se perdió a sí mismo hace ya mucho tiempo y es ahí donde se juegan algunos de los ejercicios intelectuales de búsqueda y re-conocimiento más elocuentes. Desde esa búsqueda artística por el centro del individuo, en la modalidad discursiva que nos atañe (la narrativa mexicana contemporánea), hay un cruce disciplinar muy pertinente, atractivo, necesario: la literatura y la neuropsiquiatría. No es secreto que en los últimos quince años (aproximadamente) se ha descubierto que, en el aún ignoto mundo de las neuronas, la lectura funciona como una de las herramientas de exploración, indagación y rastreo de la actividad cerebral. Ese proceso tan fascinante como enigmático —aun si hoy en día tenemos la tecnología SCAN y los excelentes estudios de R. J. Gerrig y D. N. Rapp 2, los acercamientos de Ulrik Altmann 3, los descubrimientos pioneros de Keith Oatley y Maja Djikic 4 y por supuesto, los hallazgos de Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina— no es ni debe ser ajeno a la narrativa, al ensayo literario, a la crónica.

De este modo, en el cruce entre la neurociencia, la psiquiatría y lo literario, el escritor, médico y neuropsiquiatra Jesús Ramírez-Bermúdez (Ciudad de México, 1973) es ya un referente en México para quienes nos interesamos por ese vínculo estimulante entre el arte escrito y la ciencia. Ejemplo de ello son sus tres libros publicados5.

Con base en esa mirada bipartita, el médico-escritor lanza una pregunta que interesa a literatos, neurocientíficos, psiquiatras, filósofos del lenguaje y críticos literarios por igual: “En el corazón del delirio no encontramos una falla gramatical, sino un abismo en la relación entre el mundo y las palabras. Pero ¿hasta qué punto la formación del delirio es dependiente de su enunciación, de la construcción verbal en forma de discurso?” (Ramírez-Bermúdez, 2016, 83). En síntesis, humanismo, filosofía del lenguaje, arte y ciencia desconocen sus artificiales límites en los asuntos y la perspectiva que sirven a Ramírez-Bermúdez de semas. Es como si el Cratilo de Platón conversara con el Virgilio de Broch sobre una imagen scanner del cerebro.

William Blake, The Great Red Dragon and the Woman Clothed in Sun (1803-1805).

Desde esa sugestiva combinación disciplinar, en el presente escrito se analiza el segundo libro publicado por el ensayista-narrador: Breve diccionario clínico del alma (Random House, 2010). El libro del psiquiatra es un estudio que me atrevería a denominar ‘quijotesco’: tiene sus bases en la sabiduría de la locura y, más importante, se usa la lente literaria para re-conocer el mundo fuera de la ficción.

Hallamos aquí un glosario con términos de la neuropsiquiatría que muestra cavilaciones, narraciones y especulaciones relacionadas íntima y firmemente con las obras de muy diversos autores: vamos de Michel de Montaigne a Hans-Georg Gadamer, recordamos una historia de Li-Fou-Yen y al Fausto de Johann Wolfgang von Goethe, se evoca al Julio Cortázar de “La continuidad de los parques” y al Macedonio Fernández de El museo de la novela de la eterna (1967), repensamos el trabajo de Jean-Luc Godard y el de Orhan Pamuk, y un largo etcétera: los caminos estéticos de un autor a otro le sirven a Ramírez-Bermúdez para sustentar ideas y conceptos sobre su cotidiano quehacer científico en un orden discursivo que se antoja caprichoso, pero siempre lúcido e ingenioso ―como marcan la naturaleza y el canon del ensayo―.

No sin acierto, Jorge Volpi explicó que “en su calidad de herramienta evolutiva, el arte no puede sino perseguir una meta más ambiciosa. ¿Cuál? La obvia: ayudarnos a sobrevivir y, más aún, hacernos auténticamente humanos” (Volpi, 14). En lo que interpreto como una mínima ―mas evidente― reflexión poética, Ramírez-Bermúdez arguye: “¿Podría señalar el arte un camino hacia otra forma de espiritualidad, donde el individuo elige paulatinamente las imágenes o las palabras, trascendentes o no, que dan sentido a su propio tránsito por el mundo, bajo la fe implícita o explícita en la verdad y en la belleza?” (238).

Curioso: parece que la obra misma, en su totalidad, responde a esa duda con una rotunda afirmación. Las historias verídicas de afecciones se cuentan y problematizan no desde la jerga propia de la neuropsiquiatría, sino desde la exégesis de relatos y novelas literarios. Acaso porque en el libro responde a sus retos psiquiátricos desde y con el arte escrito, el ensayista propone que: “Un pasaje a través de la imaginación literaria es un reconocimiento a lo que sería el reverso de este libro sobre los trastornos mentales; es decir, al desdoblar la materia de estos males y estos padecimientos, ¿no encontramos en la contraparte de la mente los atisbos de la creatividad?” (239).

Ése es un asunto que encuentro a todas luces borgeano —acaso el asunto más borgeano de todos—: no se trata de cómo está lo real en una ficción dada (la mimesis en su más simple acepción), sino cómo está la ficción en lo real: cuánto hay de creativo, artístico, intelectual, narrativo o imaginativo en un desorden mental. De esta manera, el ejercicio quijotesco de ver la realidad desde la ficción adquiere fuerza discursiva. Como cala, en el capítulo sobre el “Mutismo”, la voz narrativa cuenta:

Atendí hace años a la señorita Eréndira, quien un día dijo: «Amor», y nunca más habló. Sus padres eran profesores de una secundaria técnica en los suburbios de esta gran ciudad. Al conocerla, era imposible evadir el enojo o la frustración. Pero al pasar los años, sólo quedaban charcos de tristeza en el corazón de sus médicos y familiares, y de todo aquél que decidiera correr el riesgo de preocuparse por ella. Llevo 10 años de conocerla y aún espero sus palabras. Nunca más ha intentado hablar. Nadie la ha visto hacerlo. Si tratas de persuadirla, de utilizar tus mejores tretas para convencerla, sólo te mira directamente a los ojos con una gran dulzura, pero nunca renuncia al silencio. Si estás angustiado por tu fracaso clínico frente a su mutismo, verás en su rostro un gesto de angustia, como si fuera capaz de sentir dolor solamente en la incomodidad del alma ajena, y ese dolor fuera el origen de su inagotable ternura. Al retirarte, la sonrisa ocupará nuevamente su semblante. (113-114)

La belleza anecdótica de alguien que dice “Amor” y calla por siempre da paso a una preocupación clínica: si en la ficción un personaje decide callar después de expresar esa impetuosa y condenatoria palabra, nos parecerá material literario bastante atractivo, quizá sugerente, mas hablamos aquí de una persona. El pacto receptor ha de ser muy distinto y el autor usa el cambio de registro para recordarnos que éste es un incidente de no-ficción. Inmediatamente, la técnica discursiva se mueve hacia el ensayo, pues es momento de hacer una crítica al caso, al lenguaje, a la pérdida de éste y a la fatal consecuencia que le interesa ya no al escritor literario, sino al neuropsiquiatra:

Transformar el mundo, en un sentido creativo, implica esencialmente el valor de la imaginación […]. Hacer cosas con las palabras es uno de los actos más sorprendentes de la criatura humana, y también es justamente uno de los múltiples sentidos de la vieja figura de estilo, la metáfora. […] Perder el lenguaje significa también abandonar el pensamiento metafórico. Y en tal estado de las cosas, la capacidad para cambiar la realidad llega a su final. […] La transformación de una vida humana, en el gran entramado narrativo de la sociedad, requiere un sentido poderoso de la metáfora, una capacidad del individuo para verse a sí mismo como alguien más grande que esa persona expresada hasta el momento, alguien más grande que esa persona expresada y registrada en el momento, alguien más grande que lo que conoce de sí. Sin la figura de estilo, la historia de la señorita Eréndira, antes sencilla y alegre, se sumergió en una extraña ausencia de vida, custodiada tan sólo por el dibujo de una sonrisa. (114)

Por supuesto, resuenan aquí las ideas de Max Black o, concretamente, las de Paul Ricoeur (a quien adelante, recupera Ramírez-Bermúdez), sin embargo, en la imagen al final de la cita observamos que Eréndira es casi una entidad mítica que sonríe para callar.

El punto de vista narrativo y la imagen que a partir de éste se construye dan fuerza al acto de perder la metáfora y, por ende, perder la identidad, la individualidad. Es clara la preocupación que hace unas líneas comenté por el individuo en relación con el mutismo, la metáfora, el lenguaje, el mundo… y las tristes consecuencias de enmudecer. La de Eréndira es una sonrisa que expresa fatalidad. No hay solución, pues quien intente entrar a la silenciosa Tebas hallará una esfinge sonriente que presenta un acertijo indescifrable. El caso le sirve a Jesús Ramírez-Bermúdez para levantar la muy interesante digresión sobre la importancia de la metáfora que se lee arriba; es así que la dinámica narración/crítica va cobrando fuerza. Veamos otra de sus formas en el libro.

2. La hidra de las preguntas

 En un ejercicio escritural a todas luces antitético, el Breve diccionario tiene más preguntas de las que podría esperarse de un lexicón. Interesante y sintomático acto el de lanzarle cubetadas de preguntas sin respuesta a los hechos y los padecimientos ahí rescatados. Y si las definiciones son escuetas y terminantes por un telos que aspira a la practicidad, allí tenemos más bien preguntas contundentes que van tejiendo el complejo entramado de conflictos éticos, morales, exegéticos, médicos, humanos.

En el capítulo “Psicosis” se cuenta la historia de Antonio, quien pierde la vista a consecuencia de un tumor cerebral. El hombre tiene recuerdos nítidos del espacio y de los objetos; rememora con precisión dónde están y cómo son las cosas de su casa e incluso puede orientar a su esposa cuando ésta conduce el auto en el tránsito citadino: “Cuando lo conocí, me vino a la mente un recuerdo: en su novela Dunas, el escritor estadounidense Fran Herbert había jugado con las posibilidades de la memoria visual en un ciego” (Ramírez-Bermúdez, 2010, 139).

Nuevamente, el arte da paso a la reflexión médica y el esfuerzo de discusión de la realidad desde lo literario se afirma fructífero: a decir del autor, la hipérbole de F. Herbert, como resultado de una “fantasía psicodélica, se cumple en casos como el del señor Antonio” (140), y así es posible observar “facetas insólitas del ejercicio de la memoria” (140), pues un personaje invidente en esa obra ficcional parece reconocer a las personas, aun antes de escuchar su voz. “Y es que no las reconoce, sino que las recuerda, es decir, recuerda sus propias visiones del futuro, y tan sólo debe sincronizar el flujo de la memoria con el fluir continuo de su vida presente” (140): el hombre formula imágenes visuales persistentes y claras a pesar de la interrupción del paso de luz al cerebro, como ocurre en la ceguera por lesión en el nervio óptico. “En este caso el paciente es capaz de «ver» imágenes mentales, disociadas del mundo externo, a veces sobreimpuestas a ese mundo” (140), por eso, con base en la obra de F. Herbert, Ramírez dirá que Antonio “empalma su mundo visionario con el mundo real, y logra «ver» el presente recordando el futuro” (140).

Pero la voz discursiva se pregunta: ¿qué pasaría en la vida psíquica de un individuo dado si ocurriera el fenómeno opuesto al del señor Antonio: si una lesión cerebral destruye los bancos de la memoria visual? El sujeto en cuestión ¿sería capaz de ver? ¿Sabría lo que ve? ¿Para saber lo que vemos tenemos que recordarlo? ¿Podríamos decir, desde una visión hermenéutica, a todas luces ingardeniana, que perennemente vemos las cosas como si fueran esto o aquello, que la función analógica opera en los casos de percepción, y que contrasta el presente en tiempo real con el orbe “grabado y codificado en los circuitos cerebrales”? (141). Cuestionamientos y más cuestionamientos que no aguardan una sola y definitiva respuesta, sino el compromiso y la crisis del lector. Acto discursivo nada vano.

El caso empeora. Antonio empezó a decir que su esposa es una impostora y que la ciudad de México, entera, se halla inundada: “—Tuvimos que llegar en lancha a su humilde casa, doctor. Los extraterrestres nos vigilaron todo el tiempo” (141). Así pues, la técnica inquisitiva es usada nuevamente con sutil eficacia y la voz se recarga en el subjuntivo imperfecto:

¿De qué manera ocurrió la transición entre estar ciego y sostener una interpretación delirante del mundo? Quisiera tener un diccionario clínico del alma para entender por qué una persona, ciega o no, desarrolla un discurso que contradice brutalmente el testimonio de las demás personas, la evidencia disponible, las leyes de la lógica, la cultura del individuo, los documentos propios o ajenos, el informe de los amigos… (142; el énfasis es mío)

El libro entero se afirma, con esa simple expresión de un hecho hipotético, como un deseo, como una posible obra de consulta, como una necesidad en el sentido más humano: tratar de entender, tratar de entender al otro. Y con base en ese juego de conjugación vienen las preguntas más pertinentes (y extensas):

¿Qué debe hacer el buen clínico? ¿Proceder como un epistemólogo incorruptible y cuestionar el conocimiento de lo real, exponer las relatividades y sus desaciertos? O al contrario, ¿debe olvidar «los peligros de la sensatez» y aceptar con humildad el dictamen llano según el cual esta persona sencillamente ha perdido la razón, es decir, el juicio de la realidad, aunque el clínico advierta la cercanía entre el sentido común y la fuerza del prejuicio, y aunque conozca de antemano el fracaso de cualquier imagen totalitaria de lo real? (143)

Víctima y emisor de esas preguntas sin respuesta, Ramírez-Bermúdez no ensaya a contestar. Quizá, si responde a sus propios planteamientos, tendríamos una obra infinita. No se puede cortar ninguna cabeza a esa hidra inquisitiva, y lo cierto es que este capítulo hecho de interrogantes es irónicamente uno de los más pertinentes para analizar, pues apreciamos la elocuencia y poder de la interpelación retórica al obligarnos a pensar en posibilidades humanas, médicas, morales, prácticas… Así que nosotros los lectores vamos añadiendo cabezas a ese monstruo fabuloso que presenta el capítulo: una psicosis momentánea, una paradoja, un juego especular que nos vuelve un poco (más) psicóticos…

El propio autor acepta en el capítulo “Discusión” que “este es un libro incompleto, fragmentario, ha querido mostrar relatos en los cuales la naturaleza de la mente se revela como un asunto problemático” (207). Como en un relato de Mónica Ojeda ―muy insólito―, pero también de Samanta Schweblin ―muy de horror cotidiano―:

Mujeres y hombres entran a universos solitarios, dominados por fuerzas desconocidas, que aparecen en nuestro mundo compartido del discurso como historias extravagantes, incomprensibles, con reminiscencias de la simbólica antigua de los sueños o de los mitos; estos relatos pueden ser interpretados de diversas maneras, pero marcan los confines de la salud (207, el énfasis es mío).

En la exploración de esos límites de la salud, como en cualquier aventura exploratoria, las herramientas y las estrategias deben ser híbridas, acaso por eso este texto se mueve y fluye con libertad entre técnicas, géneros, tonos y tiempos verbales. El mejor guía es el que conoce por igual al explorador y los territorios por indagar.

Más sobre esta cuestión: al hablar de los “remedios” para la esquizofrenia en el capítulo homónimo, el autor expone lo siguiente luego de citar la máxima de Lao Tse que habla de la fuerza “oculta” del agua: “Todo aquel que ha entrado en un río subterráneo lo ha confirmado: el agua es más fuerte que las rocas, y tal vez las ciencias duras del cerebro tendrán que recordar esta verdad cuando busquen el camino hacia el arte y la ciencia de ese sueño anacrónico, el alma” (71). ¿Cuál es el gesto intelectual que se entrevé en esa perspectiva creativa de la enfermedad mental y en esa esencia “líquida” del discurso?

Primero, debemos observar que es con base en esas máximas laotsenianas que el autor enfrenta al discurso científico/literario y, segundo, acaso por esa misma posición ante el arte y la ciencia, elige la modalidad del ensayo narrativo o la narrativa disquisitiva. Elección acertada si lo que se busca es hacer dialogar al intelecto con su parte oscura, pues como expresó Gaston Bachelard:

El agua es la señora del lenguaje fluido, del lenguaje sin choques, del lenguaje continuo, continuado, del lenguaje que aligera el ritmo, que da una materia uniforme a ritmos diferentes. No vacilaremos en darle todo su sentido a la expresión que habla de la cualidad de una poesía fluida y animada, de una poesía que viene de las fuentes. […] El lenguaje quiere correr. Corre naturalmente. Sus sobresaltos, sus peñascos, sus durezas son intentos más ficticios, más difíciles de naturalizar. (Bachelard, 278-279)

En ese sentido, nada fluye más que el lenguaje del ensayo narrativo. Al final, la batalla por el decir de los trastornos mentales es una batalla con el lenguaje. Pensar en él como algo que fluye no sólo es beneficioso en la práctica psiquiátrica, sino, como demuestra el propio Ramírez-Bermúdez, para la exposición de ese difícil concepto que es la psique. Para decirlo entonces con economía, el principio del agua se vuelve fundamento y símbolo de lo intradiegético (la observación y crítica de los casos) como de lo extradiegético (la posición del autor frente al lenguaje, la ciencia y el arte).

3. El alma: sus dragones y sus quijotes

Por supuesto, si bien es ya un lugar común el papel sumamente relevante que tiene la literatura en la ciencia, creo que aquí podemos aducir que el gesto estético va en una sugerente viceversa (y no hablo aquí de la ciencia ficción): ¿cuál es el papel de la ciencia en la literatura, más concretamente en el ensayo y la narrativa no-ficcional? ¿Qué partes de aquélla conforman la disertación literaria? Éstas, considero, son las preguntas que se hayan soterradas entre las mejores páginas del Breve diccionario clínico del alma… y tienen una trascendencia no pequeña.

Después de la muerte de Dios, del derrumbe de los últimos mitos encarnados en modelos epistemológicos como el psicoanálisis freudiano o las ideas de C. Marx, después del desencanto contemporáneo con respecto a las tecnologías como herramientas evolutivas, ¿qué queda? En apariencia, sólo el sentimiento de pérdida, la condición de los condenados, una necesidad de un modelo que todo lo explique, una urgencia de lo trascendente: “La verdad ―se nos ha dicho― os hará libres (Juan 8,32). Pero ¿puede la ciencia saciar la nostalgia, el hambre de absoluto?” (Steiner, 113) se pregunta un lúcido George Steiner.

Acaso, como vimos, luego de leer el texto de Jesús Ramírez-Bermúdez, se tienen más preguntas que respuestas, pero en las páginas de su diccionario sui generis asoma algo que se antoja más contundente: una posible verdad formulada desde y para el individuo, desde su centro más privado: la verdad es subjetiva, pues se crea con la experiencia particular. Ya posteriormente, conociendo esta verdad por demás subjetiva, vendría una verdad comunal (meta digna, necesaria, mas ignoro si alcanzable).

Ocurre que el individuo es un mundo, que el interior humano y su actividad mental son los loca que ahora retan a los Ulises contemporáneos, que el cerebro es el paraje a terminar de explorar y comprender. Ítaca está ahí dentro. Argos también. Asimismo, Circe, pues en el catálogo de historias/ensayos de Ramírez-Bermúdez se deja muy claro que la enfermedad psiquiátrica es un síntoma de nuestra naturaleza doble entre la fruición y la manía, entre la ofuscación y el regocijo; también se revela la naturaleza inquisitiva de las afectaciones psíquicas: son preguntas por nuestra naturaleza profunda y, al acompañar a los afectados pacientes en cada relación de caso, descubrimos que sus abismos, fantasías y pesadillas son los nuestros.

En palabras de Francisco González-Crussí: “la enfermedad mental no es negación ni denigración de lo humano; no es animalidad; es otra cara, la vertiente umbría de nuestra inalienable humanidad” (Ramírez-Bermúdez, 2010, 21). El provecho intelectual del Breve diccionario radica, me parece, en que nos obliga a reconocer que si no creemos en los dragones, nos devorarán desde adentro, como dijo Ursula K. Le Guin. No hablamos ya del pacto de ficción, sino del reconocimiento de la necesidad de la ficción y del poder terapéutico, sanador, de ésta.

Por lo anterior, el lugar cursi y común de que la literatura salva adopta otro matiz. Mas para el individuo, ¿qué se salva en la literatura? ¿Su mundo, su perspectiva de las cosas, o su alma? Jamás he escuchado que el arte rescate la mente o la psique (aun si efectivamente lo hace); lo que se dice que “salva” es “el alma”, esa abstracción que cargamos a diario y que es el más eficaz documento de identidad (sólo superado por la credencial del INE). Recuérdese esa sentencia de Miguel de Cervantes en El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: “Y vuestra merced créame y, como otra vez le he dicho, lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala” (Cervantes, 511).

El autor del pretendido lexicón da claves sobre esa sugerida redención desde el propio título del volumen: elige eficazmente, mas no sin cierto desconcierto retórico-semántico para el lector, llamarlo ‘diccionario clínico del alma’ en un ardid antitético y, claro, llamativo. ¿Por qué? Porque Ramírez-Bermúdez se refiere a esa materia esquiva que son la mente, las decisiones, los recuerdos, los sentimientos, las ideas, la visión de mundo, y que, a falta de una mejor palabra, hemos denominado ‘alma’. Sin embargo, al ser ésta una revisión desde la neuropsiquiatría y presentar casos atendidos en un sanatorio psiquiátrico, la antítesis se hace, antes que atractiva o escandalosa, adecuada e imprescindible: lo clínico se preocupa, entonces, por el alma.

Evidentemente, la intentio operis híbrida expresada desde el rótulo se traduce en la naturaleza del libro: se busca el alma y esa búsqueda se hace con base en una técnica discursiva literaria; así pues, la herramienta de crítica de los casos no es siempre la ciencia, la imagen SCAN, el diagnóstico de síntomas, sino el artificio, la palabra poética, el pasaje narrativo, la opinión del artista, la voz del ser humano que es médico.

Cabe entonces preguntarse desde qué coordenadas podemos más o menos comprender al alma y no al cerebro. Cierto es que, de existir, se compone tanto de la razón que opera (y por lo tanto domina) como de lo natural (y por lo tanto emancipa, fluye consustancialmente, como el agua según Bachelard). María Zambrano lo expone de la siguiente manera:

Entre la naturaleza y el yo del idealismo, quedaba ese trozo del cosmos en el hombre que se ha llamado alma. ¿Qué sabemos de ella? […] «Las cosas son los límites del hombre [o ser humano]», dijo Nietzsche. Y de esos límites el hombre [ser humano] llegó a saber. Pero había un doble saber: por una parte saber de la razón que domina: y de otra, un saber, un decir poético del cosmos, de la naturaleza, como no dominable. (Zambrano, 25)

Esa doble “sustancia” del alma le da tanto el ímpetu cognitivo cuanto el sensitivo o, dicho con menos rebuscamiento, sentimental. Acaso por eso el autor de Paramnesia se recarga antes en el arte narrativo que en los trabajos disciplinares de la neuropsiquiatría. Reconoce así una de las ventajas del artificio y de la retórica: “el alma se busca a sí misma en la poesía, en la expresión poética” (Zambrano, 26). Veremos si también se encuentra. En palabras de González-Crussí:

Cualquiera podría objetar que la palabra mente, o bien psique, hubiera bastado. Pero tengo para mí que el uso del vocablo alma es un gran acierto. Porque este libro no pretende ser un tratado científico sino una reflexión ―a guisa de ensayo literario― sobre padecimientos mal comprendidos, enigmáticos […]. Sólo una palabra con la venerable prosapia y el filosófico abolengo del término alma puede pretender hacer justicia a las ambigüedades, las paradojas y los enigmas que se esconden bajo el sufrimiento del colapso mental. Y eso es precisamente lo que el ensayista intenta mostrarnos. (17)

Es claro el propósito del autor del “Prólogo” por hacer énfasis en la raigambre ensayístico-narrativa del diccionario y no se puede discutir la prudencia y destreza intelectual de Ramírez-Bermúdez al dejar de lado las voces ‘mente’ o ‘psique’ y optar por el término más espiritual de los tres que tiene a la mano.

Quizá por esa misma razón hallamos un par de veces un dictum de Friedrich Hölderlin que fungirá como principio organizador de este catálogo de afecciones del alma: “«Pleno de méritos, pero es poéticamente como el hombre habita esta tierra»” (211). Y es nuevamente la reflexión sobre la metáfora lo que domina la exégesis que el neuropsiquiatra hace del caso de Marco Antonio, quien le dice a su médico: “«No me considero una persona humana ―decía―, soy una máquina de tortura». […] Marco Antonio no buscaba la generación de imágenes poéticas; aparecían por sí solas, desordenadas, pero él era incapaz de apreciarlas, porque estaba atrapado en ellas” (211). Interesante: el médico-narrador plantea así que la psicosis es un espejo inconsciente del acto artístico. Entonces, se pregunta: “¿de qué enferman los sujetos con trastornos mentales? ¿De metáforas?” (212). No. Es claro que hay una dominante empírica en la enfermedad mental, sin embargo, no es del todo errado hacer la reflexión sobre la relación ‘lenguaje/padecimiento psíquico’…

Vemos en este gesto intelectual otra cara del famoso ser logos que los críticos literarios hemos revisado por tanto tiempo. Tal vez con base en esa cara del ser logos como ser morbus Jesús Ramírez-Bermúdez apunta: “Si descifro el signo podré conocer mi propia marca, la impresión de mi carácter en el mundo, porque su forma primordial no existe aún o no me ha sido revelada” (259). Por supuesto, se deja ver una necesidad exegética del individuo. Y es ahí donde literatura, medicina y crítica se relacionan con fruición: si el monólogo disciplinar parece corto de vista, el Breve diccionario clínico del alma nos demuestra que el individuo no sólo es un cúmulo vasto de voces, sino que las necesita para comprenderse, para hallar su verdad.

“No puedo hablar con mi voz sino con mis voces”, escribió Alejandra Pizarnik en su poema “Piedra fundamental” (Pizarnik, 264). Los cruces entre las disciplinas, en el libro analizado, dejan ver la urgencia de observar las múltiples caras del ser humano: tan imperioso es afirmarse darwiniano para conocer (o negar a) los dragones, como reconocerse quijotesco ―incluso si el caballero andante jamás enfrenta a estas bestias― para saber combatirlos… o abrazarlos.

Don Quixote slaying Fuente: https://www.istockphoto.com/es/vector/don-quijote-slaying-el-diablo-y-drag%C3%B3n-gm500232406-80662285

Bibliografía citada:

Altmann, U. et al., 2014, “Fact vs fiction: how paratextual information shapes our reading processes”. SCAN, 9, 22-29.

Cervantes Saavedra, Miguel de, 2005, El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha (1605 y 1615), ed. y notas de Francisco Rico, Real Academia de la Lengua Española, México.

Djikic, Maja; Oatley, Keith; et. al., 2013, “Reading other minds Effects of literature on empathy”. Scientific Study of Literature, 3:1, 28–47.

Gerrig, R. J., Rapp, D. N., 2004, “Psychological processes underlying literary impact”. Poetics Today, 25(2), 265–281.

Ramírez-Bermúdez, Jesús, 2010, Breve diccionario clínico del alma, Random House, Ciudad de México.

—, 2016, Un diccionario sin palabras y tres historias clínicas, Almadía, Ciudad de México.

Pizarnik, Alejandra, 2001, Poesía completa (edición a cargo de Ana Becciú), Editorial Lumen, Barcelona.

Steiner, George, 2001, “¿Tiene futuro la verdad?”, en Nostalgia del absoluto, Siruela, Madrid, pp. 111-133.

Volpi, Jorge, 2011, Leer la mente: El cerebro y el arte de la ficción, Alfaguara, Ciudad de México.

Zambrano, María, 2018, “Hacia un saber sobre el alma”, en Hacia un saber sobre el alma, Alianza Editorial, Madrid, 21-34.

Acerca del autor

Juan M. Berdeja

Doctor en Letras hispánicas del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, y Maestro en Humanidades, línea Teoría literaria por la Universidad Autónoma…

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Notas al pie:

  1. Más precisamente, recuérdese que el corpus narrativo del Descubrimiento y de la Conquista en América mostró una preocupación fortísima por asumirse y presentarse como verdad. Dicho corpus se compone de cartas de relación y crónicas que, como su nombre indica, intentan un habitus de verosimilitud exacerbado, aunque hoy en día se pueda poner en tela de juicio mucho de lo que ahí se puso por escrito.
  2. Gerrig, R.J., Rapp, D.N. (2004). “Psychological processes underlying literary impact”. Poetics Today, 25(2), 265–81. Estos autores han demostrado que el lector puede conocer información en el plano de la ficción que después pone en práctica en el mundo empírico y que formará parte de su caudal cognitivo.
  3. ,Altmann, U. et al. (2014). “Fact vs fiction: how paratextual information shapes our reading processes”. SCAN, 9,22-29. Por su parte, Altmann y su equipo de trabajo proponen, después de investigaciones con imágenes scanner del cerebro que tanto el contexto factual (empírico) como el ficcional inician procesos imaginativos que no sólo atañen al plano de la simulación, sino que se traducen en acciones y actos: los escenarios hipotéticos de la ficción se experimentan, en ciertas partes del cerebro, como fácticos.
  4.  Djikic, Maja; Oatley, Keith; Moldoveanu, Mihnea C. “Reading other minds Effects of literature on empathy”. Scientific Study of Literature, 3:1 (2013), 28–47. Las 69 participantes en los experimentos de estos científicos, después de pruebas escritas y de lectura de cuentos y ensayos, mostraron que quien lee cotidianamente, al contrario de quien lee esporádicamente o no lo hace en absoluto, desarrolla cierta prestancia al desarrollo de la empatía.
  5. En su novela Paramnesia (Sudamericana, 2006), texto ficcional-ensayístico en el que, con base en la técnica epistolar, el autor pone en crisis nuestro concepto de la memoria y lo compara y pone a debate frente a la imaginación por medio del conocimiento clínico y el literario; un proyecto escritural de no-ficción muy cercano al ejercicio asimismo narrativo-ensayístico de Héctor Abad Faciolince en Traiciones de la memoria (Alfaguara, 2009). Además, la más reciente publicación del antes becario del FONCA, Un diccionario sin palabras y tres historias clínicas (Almadía, 2016), es un híbrido entre ensayo a la vez que un glosario teórico-literario y una narración de archivo. Ahí, el ex jefe de la Unidad de Neuropsiquiatría del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de México (2007-2018) recupera, problematiza y comenta con estilo literario propio y mucha erudición algunos casos que atendió en los cuales, por diversos y complejísimos daños cerebrales (y ¿cuáles no lo son?), la pérdida del lenguaje se convierte en motivo de reflexión sobre el papel de aquél en la vida diaria y, también, sobre el rol ético e intelectual del médico con respecto a los pacientes que han perdido las palabras.