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Notas sobre algunas convergencias espacio-temporales en la Ciudad de México. El ejemplo de “Mictlan”, de Francisco Mata Rosas

“…cada idea del tiempo es una metáfora hecha,
no por un poeta, sino por un pueblo entero”
Los hijos del limo

Octavio Paz

El objetivo principal de estas notas es recuperar algunas ideas provenientes de cierta teoría de la cultura y el arte latinoamericanos que refieren una “peculiaridad” en América Latina: la tendencia constante hacia la integración cultural (de tiempos, de espacios, de historia, de discursos, de artes, de géneros), escapando siempre de las prácticas exclusivas o discretas. Para ello, en primer lugar, se hará una ampliación y discusión de las categorías de “convergencia” o “mezcla” de las experiencias con el espacio y el tiempo, así como las perspectivas que esto puede arrojar en tanto comprensión del mundo y de la propia identidad. En un segundo momento, se abordará el tema de la ciudad y, en específico, de la Ciudad de México, como un espacio propicio para estas convergencias. Finalmente , se dará un ejemplo en el terreno del arte para mostrar cómo estos entrecruces son también parte integral de las representaciones estéticas.1

“Unidad panamericana”, de Diego Rivera.

Para entrar en materia, valdría la pena recordar rápidamente las caracterizaciones que tanto Néstor García Canclini como Bolívar Echeverría han hecho de la cultura latinoamericana dentro del marco de la modernidad. La idea de estos dos autores, extensible y aplicable a México tanto en lo sincrónico como en lo diacrónico, es que Latinoamérica tiende hacia el ejercicio de una mezcla cultural, dejando de lado lo que podríamos llamar una identidad homogénea. De hecho, ambos autores aseguran que, como regla general, toda identidad y cultura humanas son producto del mestizaje, sin embargo, a diferencia de algunos países históricamente ilustrados, que pretenden hacer tabula rasa de sus condiciones “premodernas”, Latinoamérica abraza su mezcla como una verdad cultural. Cabe mencionar que esta diversidad de perspectivas no se restringe a un solo rubro, como podría ser el étnico, el religioso o el lingüístico, sino que esta “convivencia en mestizaje” se da en todas las prácticas de la vida cotidiana: hay una tendencia a la integración, por encima de la separación o exclusión. Esto es, según Bolívar Echeverría, lo que le da particularidad a la cultura latinoamericana dentro de la cultura moderna (“Modernidad en América Latina”).

Desde luego, este mestizaje o hibridación también se da en términos temporales y espaciales. A diferencia de un sentido de evolución o progreso cultural, en México y América Latina predomina una sensación de acumulación cultural e identitaria. Así podemos comprender, hasta cierto punto, lo que Néstor García Canclini nombra como “heterogeneidad multitemporal”: la combinación siempre inequitativa, en el presente y en lo histórico, entre lo tradicional y moderno, lo urbano y lo rural, lo culto y lo popular, lo oral y lo escrito, lo nacional y lo transnacional. Esto es lo que constituye, según este mismo autor, una modernidad híbrida, que se aleja de la aparente claridad y unilateralidad de la modernidad ilustrada.

Para García Canclini, son cuatro los macroelementos que en términos generales se han ido combinando históricamente en la cultura mexicana: 1. Las tradiciones indígenas, esto es, la cosmovisión de los pueblos originarios, precolombinos. 2. El hispanismo colonial católico, es decir, la herencia lingüística y religiosa que dejaron en México los conquistadores españoles. 3. El discurso y los cambios materiales de la modernidad, con sus respectivas acciones políticas, económicas, educativas y comunicativas. 4. Las repercusiones de la globalización, en especial de las tecnologías de comunicación y los mercados transnacionales (Culturas híbridas). Desde luego, cada uno de estos macroelementos se va a combinar de manera distinta, en diferente medida y en diferentes estratos (una colectividad, un individuo, una obra de arte…).

Curiosamente (y aquí hay que hacer un énfasis para ir engarzando esta reflexión) cada una de estas cosmovisiones o momentos históricos que acabamos de mencionar conlleva, según Octavio Paz (Los hijos del limo), una experiencia peculiar con la temporalidad. Estas experiencias, de acuerdo con la dinámica de mestizaje o hibridación, también se irán engarzando, enredando, tramando, en algo que podríamos nombrar hibridación espacio-temporal.

En lo que toca a las culturas prehispánicas, sabemos que poseían una noción cíclica del tiempo. Como dice Paz, en esta experiencia temporal, el modelo para el presente y el futuro es el pasado, aunque no un pasado inmediato, sino un pasado inmemorial y mítico en el origen de los tiempos. Así, la vida social está hecha de una “repetición rítmica de lo intemporal”, de un pasado que siempre está presente a través del rito, el cual asegura la regularidad del nacimiento, desarrollo y muerte (Paz, Los hijos del limo 340). Tal vez hoy no podamos afirmar que la concepción temporal mítica siga vigente en estado “puro”, pero sin duda pervive en la cultura y es parte de lo que en la historia de las ideas se ha definido como “lo mexicano”. En el imaginario de muchos mexicanos, se afirma que la raigambre indígena está en lo profundo de la identidad, y, aun cuando esto haya sido una retórica decimonónica que buscó crear nacionalidad, no es raro que los mexicanos adopten como suya esta creencia.

En el periodo de la colonización ibérica, trató de sustituirse la cosmovisión indígena con las ideas de la religión cristiana, pero, más allá de borrar prácticas y creencias, lo que se logró fue un sincretismo entre ambas posturas. El elemento que se suma es la noción de la temporalidad eterna, esto es, pensar la vida terrenal como un preámbulo para la eternidad. Esta manera de ver el tiempo funciona muy bien en un pueblo que sufre el yugo de la inequidad, pues se le hace pensar que la estancia terrenal es precaria y punible, sólo siendo posible alcanzar la paz en la eternidad. La temporalidad cristiana por excelencia está en un futuro metafísico, concibiendo el tiempo físico como mero estado transitorio.

La modernidad intenta romper con estas concepciones, especialmente la modernidad ilustrada. La modernidad pone como emblema el futuro, que es ideal pero no metafísico como el cristiano. La razón y su operatividad deben proyectarnos hacia adelante, cumpliendo las metas del desarrollo, la evolución y el progreso, tanto de la sociedad como del individuo. Es un camino lleno de cambio histórico. Recordemos que una de las figuras centrales de la modernidad es la utopía y, en este sentido, el pasado y el presente sólo adquieren relevancia en la medida en que pueden realizar el futuro. Todo lo que está detrás carece de vigencia, y se condena todo lo que interrumpa el progreso, como la muerte.

La cuarta experiencia con la temporalidad también pone en crisis a las anteriores, pero, como hemos dicho, sin eliminarlas. El gran desarrollo de las tecnologías y la consecuente globalización hacen que, desde hace ya varias décadas, experimentemos el presente con mayor intensidad. En este sentido, el pasado y el futuro se leen a partir de lo que el presente puede ofrecer, en términos de tecnología, de mercado o de política. El arte del consumismo hace del ahora una divinidad erótica. Los individuos y las comunidades desconfían del futuro, pues ya no ven en él la utopía de la modernidad, sino las diversas distopías posibles: el cambio climático, las dictaduras políticas, los genocidios globales, o algunos más ficcionales como la invasión extraterrestre o el apocalipsis zombi. El tiempo en el que se debe vivir es el del ahora, porque no se sabe qué depara el futuro.

Como puede leerse en el epígrafe de estas notas, “… cada idea del tiempo es una metáfora hecha, no por un poeta, sino por un pueblo entero” (Paz, Los hijos del limo 352). Es decir, la experiencia temporal no es necesariamente una relación objetiva con el tiempo físico o cósmico, sino que es una relación imaginaria, cultural. Estas múltiples experiencias con el tiempo y el espacio son un marco temporal desde el que los individuos leemos el mundo, ya sea a nivel individual o social, ya sea como constructo teórico o como realidad encarnada. De acuerdo con lo que hemos visto con García Canclini y Echeverría, en México estas temporalidades tienden a convivir y no excluirse, lo cual genera lo que podríamos llamar un marco temporal híbrido. Dicha convergencia, a veces feliz, a veces problemática, hace que el imaginario mexicano sea múltiple, incapaz de ser homogeneizado, e imposible de esencializarse o de petrificarse en una sola idea, a pesar de todos los esfuerzos políticos o económicos.

Ahora bien, continuando con la reflexión y según lo que hemos venido diciendo, podemos pensar a la ciudad como un crisol de heterogeneidad multitemporal. El entorno urbano, por sus características acumulativas y concentradoras, imantan toda clase de sujetos y culturas. En palabras del mismo García Canclini, podemos caracterizarlo como un “desorden contenido”, y, si recordamos a Ángel Rama, agregaremos que la ciudad alberga dentro de ella misma múltiples capas, ciudades concéntricas y superpuestas que están organizadas jerárquicamente en función de diversos poderes (La ciudad letrada). Por su naturaleza, la ciudad impone un ritmo, aunque éste puede verse alterado por el juego de dinámicas contrapuestas y complementarias que se dan en su interior. Del mendigo al turista, del empresario al ama de casa, del obrero al profesor, el imaginario se multiplica y se complica, cada sujeto posee una conducta y creencias propias y al mismo tiempo forma parte de una colectividad. Dependiendo del caso, cada sujeto es un ritmo tratando de acoplarse a (o desacoplarse de) las dinámicas de la ciudad. La metrópoli es el sueño moderno de la eficiencia urbana, pero los que conocemos la Ciudad de México sabemos que su eficacia dista de ser moderna: su transporte, sus instituciones, su geometría, su legalidad, sus diversos contratos sociales, obedecen a una lógica que tiene la máscara de la modernidad pero sistemáticamente lleva ocultos el mundo colonial o la picardía prehispánica. ¿A qué experiencia temporal obedece la impuntualidad? ¿A qué concepción del tiempo obedece el dejar las cosas para mañana? ¿En qué eternidad o utopía se piensa cuando se confía en un mejor futuro sin trabajar el presente? ¿Por qué cuando el mexicano dice cinco minutos es un genérico para quince minutos, una hora, un día, cien años? Tal vez estas preguntas, que apuntan a cierto perfil identitario, puedan responderse estudiando la mezcla de temporalidades de la que hemos hablado. Estos rasgos y otros irrumpen en lo que se esperaría que fuera una dinámica racional, organizada, productiva y rentable, pero muchas veces terminan produciendo lo contario.

Estas afirmaciones pueden ser trasladadas, e incluso aplicadas, al análisis de las obras de arte y, específicamente, al terreno del relato, de las narraciones. Instancias narrativas como La región más transparente o Los días enmascarados, de Carlos Fuentes; Las batallas en el desierto o El principio del placer, de José Emilio Pacheco; incluso películas como Los olvidados, de Luis Buñuel; canciones populares como “Lamento obstinado sobre la ciudad”, cantada por Óscar Chávez; canciones infantiles, como “El ropavejero”, de Francisco Gabilondo Soler; u otras representaciones artísticas de la Ciudad de México, son susceptibles de ser analizadas a partir de un ejercicio de identificación e interpretación del modelo temporal híbrido que hemos descrito.

“Mictlan”, de Francisco Mata Rosas.

Me gustaría por ahora concentrarme en una imagen que constituye una representación gráfica de lo que hasta ahora se ha estado afirmando. Es también un ejemplo de lo que podríamos llamar narrativa no verbal o narrativa sin narrador.2 La imagen es del fotógrafo mexicano Francisco Mata Rosas, lleva por título “Mictlan” y es parte de la serie México-Tenochtitlán. El escenario es el centro histórico de la Ciudad de México, en algún momento del año 2005. Estamos en lo que se conoce comúnmente como el “Zócalo”, uno de los puntos más cargados de historia y de simbolismo de la ciudad, el cual ha ido acumulado diferentes capas arquitectónicas desde su inicial edificación. Comenzó como plaza y centro ceremonial de Tenochtitlán, ciudad de los aztecas desde el siglo XIV. Después, durante la conquista y virreinato español del siglo XVI a XVIII, se alzaron diversas edificaciones coloniales encima de los templos destruidos de los aztecas. En el siglo XIX también se modificó de acuerdo con los gustos modernos de la época, hasta que finalmente adquirió el aspecto actual en el siglo XX.

En la imagen vamos a encontrar por los menos tres discursos históricos superpuestos o en convivencia. Por un lado, gracias al título de la fotografía y a su protagonista, podemos pensar en la capa indígena o prehispánica; el nombre Mictlan refiere a lo que los aztecas consideraban el inframundo, un lugar complejo y jerarquizado a donde iban a parar algunas de las almas de los muertos, regido por el señor y la señora de la muerte, llamados Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl. Parecería que Mictlantecuhtli es el sujeto vestido de calavera portando un hacha, saliendo de lo que parece ser el Mictlan (en este caso el Sistema de Transporte Colectivo Metropolitano, el “metro” de la Ciudad de México), que conecta directamente con el corazón de la urbe. Cabe recordar que el símbolo de esta estación es un águila parada en un nopal devorando una serpiente, lo cual refiere al lugar en el que, según la mitología nacionalista, los aztecas debían fundar su ciudad.

En segundo lugar, ausente de la fotografía, pero igualmente simbólica, podemos pensar en la catedral, que en este caso estaría a la izquierda de la imagen. Esta catedral comenzó a edificarse en el siglo XVI y tardó alrededor de 250 años; simboliza el fervor de la religiosidad católica construido sobre los templos de los diferentes dioses prehispánicos. Por último, podríamos pensar en dos elementos que encarnan la modernidad híbrida: en por un lado, el “metro”, sistema de transporte que tiene como meta la racionalidad, el dominio de las distancias, el desplazamiento de la población, pero cuyos sueños de eficiencia son sólo comparables con sus cotidianas ineficacias. Por otro, al fondo, tenemos el palacio nacional, símbolo de la construcción del estado moderno en el siglo XIX, de la legalidad y de la democracia (legalidad y democracia a la mexicana, desde luego), encabezado, aunque no podamos verlo, por la bandera mexicana, lábaro patrio que también porta el escudo del águila parada en el nopal. En conjunto, podríamos pensar que esta imagen retrata al “pueblo”, esto es, a los sujetos de la vida cotidiana viviendo su vida en el entorno que conocen, atravesados, de manera consciente o inconsciente, por todos estos discursos que en mayor o menor medida determinan su identidad y sus concepciones del mundo. En cierto sentido, el hacha es lo más enigmático de la imagen, la cual podría llevarnos hacia diferentes caminos interpretativos. Me gustaría pensar, haciendo tal vez una sobreinterpretación de la imagen, que esa hacha es el movimiento táctico de los ciudadanos, ese inventarse una vida dentro de la muerte, como diría Bolívar Echeverría (“Modernidad en América Latina”), es decir, una manera de defenderse frente a los embates y opresiones de la vida en la Ciudad de México, a la cual le podemos otorgar muchos motes: capitalista, globalizada, corrupta, amenazante, insegura, por decir algunos.

Para terminar, me gustaría recuperar el carácter hipotético de estas líneas. Desde luego, podría pensarse que estas especulaciones carecen de sustento empírico. Por ello, yo propondría, como un ejercicio subsecuente, hacer un rastreo de prácticas específicas en la vida cotidiana. Acciones, opiniones, discursos, tomas de posición, conductas, etc., que revelen este carácter híbrido en la concepción de la temporalidad. Como hipótesis de trabajo, entonces, podríamos decir que la Ciudad de México es una de las materializaciones posibles del marco temporal híbrido esbozado aquí teóricamente, la cual, encarnada en los habitantes de México, es capaz de producir un vaivén entre muy diversas creencias y prácticas temporales en la vida cotidiana. Como afirman Fernando Resende y Sebastian Thies (“Entangled temporalities…”): en las sociedades heterogéneamente multitemporales, esta heteroegeneidad se convierte en un problema epistemológico, pues altera nuestra subjetividad o nuestro conocimiento sobre el tiempo vivido, el tiempo de la vida cotidiana. Estas maneras de concebir el espacio y el tiempo son prácticas silenciosas y espontáneas, semejantes a las tácticas de Michel de Certeau (La invención de lo cotidiano). O, una vez más, en palabras de Bolívar Echeverría, son una manera de “inventarse una vida dentro de la muerte”, refiriéndose a las prácticas latinoamericanas que irrumpen en la oficialidad, aquellas conductas o acciones, generalmente picarescas, desviadoras, contraculturales, que se oponen al status quo, sea de carácter político, económico o, en este caso, temporal. Desde luego, la tarea recae en el sujeto y en las microcolectividades.

Representación del espacio-tiempo. Fuente: conceptodefinicion.de/espacio-tiempo/

Quiero creer que este vaivén temporal puede fungir como un juego, como una inestabilidad fructífera para enfrentarse a las ciudades locales o a lo que podríamos llamar la ciudad global. De hecho, esta hibridación ha servido históricamente a diversos países e identidades latinoamericanas para salir del paradigma ilustrado de la modernidad, lo cual puede verse hoy como una virtud, como cierta ventaja en cuanto a la maleabilidad de la subjetividad y sus oportunidades de acción en el entorno cotidiano, y ya no como un intento fallido por realizar un tipo de sociedad. De cierta forma, este proceder cultural impide que las subjetividades se ciñan unidireccionalmente al paradigma de las hegemonías económicas y políticas, porque tanto el futuro de la modernidad, como el presente de la, así llamada, posmodernidad, constituyen sólo dos posibilidades, entre muchas, de relacionarse con el tiempo y, por lo tanto, con el mundo. La época actual permite más que nunca la convivencia heterogénea de discursos y prácticas, aunque lo hace generalmente a través de las estrategias de mercado y de consumo de lo transnacional. La idea, frente a esta lógica de producción y consumo, es identificar heterogeneidades que puedan ejercer cierta contrapropuesta, especialmente enfocada en la tergiversación o transformación de las temporalidades o ritmos impuestos. Como dice Octavio Paz, el tiempo es la metáfora de un pueblo, y con las temporalidades híbridas podemos imaginar múltiples metáforas, es decir, múltiples mundos, los cuales vienen a nosotros, muchas veces, a través de un relato.

Bibliografía

Certeau, Michel de. La invención de lo cotidiano. I Artes de hacer. Edición establecida y presentada por Luce Giard. Trad. Alejandro Pescador. México: Universidad Iberoamericana, 2000.

Chatman, Seymour. “Elementos de una teoría narrativa”. Historia y discurso. La estructura narrativa en la novela y el cine. Versión castellana de María Jesús Fernández Prieto. Madrid: Taurus, 1990: 19-23.

Echeverría, Bolívar. “Modernidad en América Latina”. Vuelta de siglo. México: Era, 2006: 195-217.

García Canclini, Néstor. Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad. México: Debolsillo, 2009.

Mbembe, Achille. “Time on the move”. Contracampo XXXVI.3 (2017): [s.p].

Paz, Octavio. Los hijos del limo. Obras completas. La casa de la presencia. Poesía e historia. T. 1. Ed. del autor. México: FCE, 1995.

Rama, Ángel. La ciudad letrada. Montevideo: Arca, 1998.

Resende, Fernando y Sebastian Thies. “Entangled Temporalities in the Global South”. Contracampo XXXVI.3 (2017): 2-19.

Acerca del autor

Daniel Castañeda García

Es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas y Maestro en Letras Latinoamericanas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es profesor desde 2016 en las asignaturas del área de Teoría de la Literatura en el Colegio de Letras Hispánicas de la misma Facultad. Su principal línea de investigación es la convergencia entre la literatura y la sociedad latinoamericanas, especialmente los fenómenos de la modernidad, postmodernidad y postcoliniadad en América Latina, así como el acto de la lectura y su compleja repercusión en el individuo y la sociedad.

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Notas al pie:

  1. “Para hacer estas notas, utilizo como guía algunas propuestas teóricas específicas que pueden ayudar a ampliar o matizar estas nociones: las ideas sobre el tiempo de Octavio Paz; la noción de mestizaje de Bolívar Echeverría; la categoría de hibridación de Néstor García Canclini; la noción de táctica de Michel de Certeau; la ideas sobre la temporalidad de Fernando Resende y Sebastian Thies; y las entangled temporalities de Achille Mbembe.”
  2. “Estas nociones se refieren, principalmente, a la discusión acerca de si puede existir un relato sin narrador o si éste es condición indispensable para su existencia. Algunos autores, como Seymour Chatman (“Elementos de una teoría narrativa”), afirman que la narración no verbal o sin narrador es posible, en el entendido de que soportes semióticos como el cine, la danza, la fotografía, el teatro, son capaces de representar una historia: una serie de sucesos que se articulan en una estructura secuencial susceptible de integración, transformación y autorregulación (nociones piagetianas).”