Fotografía: Héctor Fernando Vizcarra.

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Mi compromiso es con la página. Entrevista a Eduardo Lalo

En el marco de la Feria Internacional del Libro Zócalo 2016, el Seminario de Narrativa Latinoamericana Contemporánea entrevistó al autor puertorriqueño Eduardo Lalo. El escritor nació en Cuba en 1960, realizó estudios en la Université Nouvelle-Sorbonne y es autor de más de una decena de libros en donde desarrolla el ensayo, la narrativa y la fotografía. En 2013 fue galardonado con el Premio Internacional Rómulo Gallegos por la novela Simone, hecho que le dio una proyección literaria en todo el continente americano. A continuación, se presenta un extracto de la entrevista que giró en torno al mercado de libros, la función del escritor en la época actual y la obra literaria del autor.

SENALC. Dentro de tu obra artística, ¿qué representa Simone?

EDUARDO LALO. Entre mis libros lo que predomina no es la novela. Cuatro de mis libros también tienen una dimensión visual: Los pies de San Juan (2002), donde (2005), El deseo del lápiz (2010) y Necrópolis (2014). Los primeros tres son ensayos que no tienen nada que ver con el ensayo académico o histórico, sino que intentan volver a lo que era el ensayo originalmente: ensayar, tratar algo sobre una imagen. En ese sentido, son ensayos que tienen una parte de crónica, a veces son medio narrativos y en otras ocasiones tienen una dimensión filosófica. Paralelo a eso tengo ensayos fotográficos. En el caso de Necrópolis, hay poesía visual y también una serie de imágenes de mi obra gráfica.

Eduardo Lalo en México. Fotografía de Héctor Fernando Vizcarra

Con Simone yo me propuse escribir una novela sin imágenes, pero jugando con el género y, por ello, tiene una dimensión casi ensayística. Todo Simone es una libreta, el cuaderno donde el personaje escribe. No hay nada, no hay ningún momento en la novela que esté fuera de ese cuaderno; en otras palabras, es absolutamente escritura. Por un lado, quería explorar una narración donde se diera la psicología paranoica que aparece en una novela de detectives, pero sin que mediara el muerto, la policía, el detective, porque eso a mí no me interesaba, sino jugar con eso en otro campo, en otra acción. Por otro lado, quería jugar con los límites de la escritura y de la historia de amor, pero con algo muy poco convencional; por ejemplo, cómo los dos personajes principales se encuentran, cuál es la naturaleza de su relación, qué es lo que está pasando; y de esa manera tratar que la novela se metiera en otros asuntos. Ese fue mi punto de partida.

S. En Simone, pero también en otros de tus libros, se concibe lo marginal como un discurso de resistencia, ¿podrías ahondar un poco más en esta idea?

E.L. Esto sobre todo lo he desarrollado en un libro de ensayos: Los países invisibles (2008). Como pasa con el pensamiento, las palabras adquieren un sentido técnico. Cuando hablo de invisibilidad, no hablo del uso usual de la palabra, sino que en mis ensayos adquiere una dimensión técnica: la invisibilidad es un mecanismo de dominación, quizá uno de los más comunes y menos entendidos, de los que menos se asumen. La invisibilidad no es un estado excepcional. Pienso que la inmensa mayoría de los seres humanos sufren en mayor o menor medida de invisibilidad. No es un caso que sólo pueda darse en un país como el mío. Hay muchos otros que no han podido desarrollar — que no les han dejado desarrollar— una definición política plena, ni entrar en el concierto de las naciones.

Dentro de los mismos estados-nación hay grandes cuotas de invisibilidad. Por ejemplo, en México, un país tan centralizado, es la Ciudad de México y el resto. Un escritor de cualquier zona que no sea la capital está en un estado deficitario de atención. Puede ser excelente, pero nadie se va a dar cuenta o le va a ser mucho más difícil, mientras que muchísima gente menos interesante, si está en los circuitos adecuados, va a tener relativo éxito.

México en su conjunto, por estar en América Latina y a pesar de la enorme importancia de su cultura, de sus instituciones culturales, de sus casas de cultura por el mundo, es un país invisible en muchos aspectos. Para mucha gente en Estados Unidos, del río Bravo a la Patagonia todo el mundo come tacos y tiene un sombrero bien grande. No hay sutilezas, todo el mundo habla lo mismo. Piensen en las categorías con las que se habla de los “latinos” en Estados Unidos: latino o hispano. Hasta donde yo sé, ninguno de los que vivimos en América Latina nos llamamos a nosotros de esa manera. Yo no soy un inmigrante en Estados Unidos, pero en el caso de que lo fuera, yo no me definiría como hispano o latino; en todo caso, me definiría como latinoamericano, caribeño o puertorriqueño. Esas palabras son una forma de invisibilización. Es una forma de dominar una masa de conocimiento y de cultura. Lo demás no se quiere agregar o no se está dispuesto a agregar, y, por lo tanto, se reduce a un concepto muy limitado.

En un momento dado todos los colombianos eran narcotraficantes, no había más. Ese tipo de visión limitante y reductora es la invisibilidad. Eso no es un hecho espontáneo, hay, evidentemente, muchos elementos de espontaneidad, pero también es algo dirigido. Ya meramente el hecho de que exista una cultura occidental —y que se piense desde la antigüedad grecorromana— es una forma de invisibilización, porque es una historia oficial que incluye y fundamentalmente excluye. La gran masa de la realidad humana queda excluida, y no solamente pasa con países pequeños o culturas subalternas, sino con grandes culturas, con grandes sectores de la humanidad.

S. ¿En la novela ganadora del Premio Rómulo Gallegos, Simone, qué te motivó a retomar la figura de Simone Weil?

E. L. Simone Weil fue un personaje de frontera. Era una mujer de origen judío, de clase acomodada, sus dos padres eran médicos. Hay una anécdota muy motivadora: cuando ella enseñaba filosofía a las obreras de Renault –u otra marca de autos francesa— ella se negaba a asistir a los almuerzos familiares de los domingos, porque no quería comer lo que comía una familia de médicos, quería comer, vivir exactamente como vivían sus alumnas obreras. Es una figura de izquierda, es una mujer de origen judío que está muy cercana y en diálogo con el catolicismo más ilustrado de su época. Es alguien muy privilegiado que acaba casi prácticamente dejándose morir de hambre en una época —al final de la segunda Guerra Mundial— en la que había grandes caristias, por no querer tener ningún privilegio más que cualquier otro. De alguna manera, el personaje Li Chao puede verse como una resonancia de Simone Weil, pues esta mujer que viene de lejos, de China, está en el Caribe, ya no es china, sino puertorriqueña, pero es “la china” siempre para todo el mundo, en su sexualidad misma está en esa zona gris de la frontera.

S. ¿Cuál es tu impresión sobre la circulación de los libros en América Latina?

E. L. Eso depende de los periodos. Cuando yo empecé a leer, en los años setenta y yo diría hasta los noventa, en todas las librerías de San Juan había libros españoles, mexicanos, argentinos, colombianos de las grandes editoriales que distribuían al extranjero. Pero, aparte de eso, había librerías que tenían una gran variedad de libros en inglés, lo cual era muy bueno, porque le daba un ambiente más cosmopolita, mucho más internacional que a la mayor parte de los países. De esa manera, un lector puertorriqueño podía leer una gran variedad de literatura, de todo tipo y de todo género, de historia, sociología, antropología. Después, con Puerto Rico ha pasado lo que ha pasado en todo el mundo: las editoriales se han ido reduciendo y han ido ofreciendo menos cosas.

Yo creo que la circulación de los libros se ha empobrecido tremendamente, porque —como la distribución está dominada casi en forma de monopolio por pocos y grandes editores— las ofertas se hacen mucho más limitadas. Ese fenómeno afecta a toda la gente. Uno va a una librería en Chile, en Colombia, hasta aquí mismo y —salvo por la producción local que puede ser menor o mayor de acuerdo con los países— están los mismos libros, no hay que ir a viajar a buscarlos. Esos libros ya no me interesan.

Fotografía: Héctor Fernando Vizcarra.

La librería está dejando de ser un espacio de descubrimiento. Hoy caminaba por la calle Donceles, en las librerías de viejo, y yo decía: ¡qué maravilla!, puedo ver la historia por décadas, viendo portadas viejas que no había visto, recordando libros que tuve o que quise tener, lo que fuera, pero eso es casi anacrónico. En cierta medida, México tiene algo de eso. Por eso, creo que a México todavía se puede viajar, porque hay algo que no está en otro sitio. Salvo por los teléfonos celulares, que todo mundo usa, desde la persona más humilde al potentado, aquí no ha llegado la cultura digital para muchos sectores de la sociedad. Hay objetos viejos que se resisten, que se revenden, que no están fabricados en China, que todavía se hacen de manera más o menos tradicional, comidas que todavía sobreviven con toda una cocina popular. En ese sentido, México resiste todavía. ¿Cuánto tiempo? No se sabe, pero en comparación con otros lugares del mundo eso no es así. Yo creo que la literatura está en ese circuito de transformación del mundo, de unos poderes que están transformando todo en todas partes.

S. ¿Cómo piensas el compromiso literario?

E. L. Mi compromiso en tanto como escritor está claro: mi compromiso es con la página, con el texto. Lo que pasa es que eso no se debe entender como estar en una torre de marfil. Es decir, el texto es una exploración de la realidad, de relación del mundo. Mi manera de percibir esto es a lo que yo he dedicado mi vida. He dedicado cuarenta años a tratar de escribir. La literatura nos propone espacios en los que la inautenticidad no puede existir. Y eso en el mundo en el que vivimos me parece de gran importancia. Sufrimos esa avalancha de libros que no tienen esta dimensión, que ya no les importa esta dimensión, son meramente objetos de mercado, mercancías, libros de temporadas, a ver si enganchan con las modas que están ahora circulando. Y al editor le da igual que sea un gran o mal texto, el punto es que lo lean así. Ésa es la muerte de la literatura. No el hecho de que lea menos gente, sino que se dé gato por liebre.

Acerca del autor

Edivaldo González Ramírez


Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Maestro en Letras (Latinoamericanas) de la misma institución con una tesis sobre la apropiación del…

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