Huellas de un migrante en el desierto, fotografía de Killkudzu, fuente Flickr.

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Locura telúrica: Yuri Herrera y el mapa de lo oculto

La narrativa de Yuri Herrera se coloca con precisión entre lo evidente y lo imperceptible, entre el pasado y el mito. Desde este espacio brumoso engendra mundos que integran los aspectos más conflictivos de la sociedad mexicana actual, a la vez que cuestiona de raíz los discursos que la configuran. El resultado son textos que, aunque resuenan en un contexto específico, extienden sus reflexiones sobre la violencia y las relaciones de poder a un nivel universal. Tal es el caso de Señales que precederán el fin del mundo, segunda novela del autor, en la que el tratamiento temático del fenómeno migratorio incide en el momento justo de una transformación global que lleva siglos gestándose.

Monumento en la frontera Tijuana-San Diego, fotografía de Tomás Castelazo, fuente Wikimedia Commons

Publicada en el 2009, la obra ha sido traducida a varios idiomas, apareciendo recientemente en alemán como parte de una trilogía que también incluye a Trabajos del reino y La transmigración de los cuerpos. La hist oria que relata es más vigente que nunca: Makina, originaria de un pueblo en algún lugar de México, emprende un viaje hacia los Estados Unidos para entregarle un recado a su hermano, a fin de cumplir con la petición de su madre. La narración acompaña a la protagonista en una travesía claramente dividida en nueve capítulos; no obstante, esta demarcación suspende los límites del espacio y el tiempo en vez de trazarlos, puesto que el nombre de cada parte alude a la temporalidad mítica del Mictlan, el inframundo de la cosmogonía náhuatl. De esta manera, denominaciones como “2. El pasadero de agua” o “7. El lugar donde son comidos los corazones de la gente” son el marco de un espacio cuya representación comienza asemejándose mucho a la del “mundo real” para terminar totalmente fusionada con el mito. Así, Makina parte rumbo al “Gabacho” desde “el Gran Chilango” pensando en regresar al pueblo una vez concluida su tarea, pero en su lugar acaba en “El sitio de obsidiana, donde no hay ventanas ni orificios para el humo”. Esta particular composición del texto nos permite hacer una lectura alegórica: el descenso de Makina al inframundo representa la profunda transformación experimentada por los migrantes, quienes dejan su nación atrás para cruzar la frontera. Por fortuna, el tono ambivalente de la prosa de Herrera y la complejidad de su obra detonan posibilidades interpretativas que sobrepasan la percepción del desplazamiento migratorio como solo un cruce, un ascenso o un descenso.

Huellas de un migrante en el desierto, fotografía de Killkudzu, fuente Flickr.

La relación intertextual que Señales que precederán al fin del mundo guarda con las descripciones del mito del Mictlan tiene una doble función. Como ya hemos mencionado, en primera instancia esta enmarca la suspensión del tiempo de la trama en el espacio simbólico del mito. Por otra parte, establece una conexión con un importante “documento portador de verdad” (González Echevarría, Mito y archivo): los relatos etnográficos de Fray Bernardino de Sahagún, responsables de fijar este mito –junto con muchos otros– en la memoria de nuestra cultura. Por consiguiente, hay una preocupación en la novela de Herrera por rescatar las creencias y valores que nos definen, pero también por reescribirlos. El eje que orienta esta labor es justamente el fenómeno migratorio, y con base en él, la obra cuestiona las fronteras que regulan nuestra percepción de la realidad global, resaltando la cualidad convencional de los mapas ya trazados. ¿Cómo lo logra? Deshaciéndose en todo momento de la estabilidad, de los puntos de partida y de llegada, guiando al lenguaje por el cauce de una corriente interminable.

Lo anterior se aprecia claramente en la construcción estilística de la novela. El espacio en el que se desenvuelve la historia porta, desde el comienzo, un halo de incertidumbre: “Estoy muerta”, declara Makina en la primera línea, cuando se abre en medio de la calle una grieta enorme que se traga “hasta los gritos de los transeúntes” (p. 11). Sin embargo, el narrador pronto afirma que la protagonista queda a salvo, y los sucesos se reanudan en un ambiente de verosimilitud que condiciona en cierta medida nuestra lectura. Así, cuando en el segundo capítulo leemos que el camión en el que va Makina “llegó hasta el límite de la tierra” (p. 36) o que el río se puebla de “invisibles monstruos de agua” (p. 42), se antoja pensar que son figuras retóricas sin relación con el argumento. Estas descripciones de corte fantástico se acumulan, alcanzando el punto más alto en el capítulo 5, “El lugar donde el viento corta como navaja”, en el que la protagonista va “de una calle a otra sin verle la diferencia” (p. 77)  y se topa con “una pura oquedad” (p. 78). Nuevamente, líneas más abajo el narrador nos impulsa a la superficie: lo anterior ha sido un sueño de Makina, quien al caer dormida en un cajero automático, imagina que escala “uno, dos, tres, siete collados” (p. 82). El final siembra definitivamente la duda sobre el momento exacto en que la travesía terrestre se torna una transformación espiritual: quedan en silencio todas las cosas del mundo y el “Estoy lista” (p. 119) parece devolvernos al principio.

Códice Florentino, fuente Wikimedia Commons

Quizá Makina sí cayó por el precipicio, o tal vez siempre habitó el inframundo. Sea cual fuere la respuesta, el éter indefinible que la circunda altera también la dimensión del tiempo. Las descripciones que dan cuenta del mismo son escasas, aunque significativas: las páginas del periódico que el señor Dobleú arranca como si fuesen de un calendario, los “morrales atascados de tiempo” (p. 55) de los migrantes, el soldado que habla “todo un día en pasado, todo un día en presente, todo un día en futuro” (p. 103) y las canciones “venidas de otros tiempos” (p. 83 y 118). Se aprecia, entonces, la vinculación con una idea cíclica del tiempo que atañe simultáneamente al mito y al fenómeno migratorio. Pero, ¿cuál precisamente es el tiempo de este último? Con ello nos referimos al del movimiento que precede al territorio, al flujo creador anterior a la cosa creada (Nail, The Figure of the Migrant). Al suspender el tiempo y el espacio, la novela se adecúa formalmente al desplazamiento migratorio que, a juzgar por su presencia en los mitos de casi todas las civilizaciones, conforma el pilar de la sociedad moderna.

Otro aspecto importante del espacio que se construye en Señales… son los nombres con los que Makina denomina los lugares. Tanto “el Gran Chilango” y “el Gabacho” como “el Pueblo” y “la Ciudadcita” resaltan la relación cultural que la protagonista guarda con cada uno. No obstante, estos dos últimos tienen un efecto añadido: la elisión de los nombres propios suscita la pregunta de qué tienen en común, o en qué se diferencian, todas las ciudades y todos los pueblos. De esa manera, cruza la frontera de lo local a lo global, poniendo la fuerza generadora del lenguaje en el centro. Para Makina, aquella lengua intermedia que hablan los migrantes no es solo una forma nueva de referirse a lo mismo: “Es el mundo sucediendo nuevamente […] prometiendo otras cosas, significando otras cosas, produciendo objetos distintos” (p. 74). También la prosa de Herrera se alimenta de esta energía creadora. Su escritura huidiza se coloca en el límite entre los conceptos, tocando simultáneamente todos los mundos que con ella se engendran. Un español vivo que se construye ante nuestros ojos, el habla de Makina es tan intersticial como su profesión, y mediante ella se traza la imagen de una realidad heterogénea.

Migrantes trabajando, fotografía de Peter Haden, fuente Flickr

Heterogéneo es precisamente el adjetivo con el que Brett Neilson y Sandro Mezzadra describen el mundo contemporáneo en su libro Border as Method. Este espacio global está determinado por la proliferación de fronteras que van más allá de los límites geográficos; en otras palabras, que operan por debajo de la superficie. Desde el límite, Señales que precederán al fin del mundo desentierra el andamiaje sobre el que está construida nuestra sociedad. Tomemos como ejemplo a los hombres “duros” (p. 12) con los que la protagonista acude para asegurar su viaje a través de la frontera. En el plano mítico, es posible ubicarlos como los guardianes de las puertas del Mictlán; sin embargo, teniendo en mente el misterioso paquete que le entregan a Makina, no es descabellado pensar que son también líderes del crimen organizado. Herrera desvela así una red que los discursos de poder se esmeran en mantener oculta, aunque sus consecuencias sean más que evidentes: el narcotráfico, regulador de los flujos económicos del país, y la muerte como su moneda de cambio. Otros circuitos aparentemente invisibles también hacen su aparición, como el cajero automático en el que Makina se queda dormida y las redes telefónicas a las que el Pueblo todavía no tiene acceso, pero que “ya llegarán” (p. 50). Este contexto marca el punto de inflexión de una economía medida por signos visibles a una gestionada principalmente por signos que son imposibles de traducir (Franco Berardi, ‘Bifo’, La sublevación).

Otra frontera que se desafía en el texto es la que separa a los ciudadanos americanos de los trabajadores ilegales. Escondido a plena luz del día, “el paisanaje armado de chambas” (p. 64) acomete una conquista sigilosa. Su trabajo se esparce por los andamios, las cocinas de los restaurantes, los hogares, los jardines; el olor a comida que impregna cada grieta de las aceras es el resultado de las labores que ningún ciudadano legal querría realizar, aquellas sin las cuales las ciudades de “el Gabacho” no funcionarían como deben. Esta representación se enfrenta a la idea de que el migrante es un expulsado o un bárbaro que llega a destruir los lugares que invade. Por el contrario, pareciera que los resquicios en la frontera que les permitieron cruzar al otro lado hubieran sido abiertos específicamente para ellos. Causa de esto es lo que Nail denomina la “ilusión de estasis” de las sociedades capitalistas: debajo de una pretendida solidez, el motor que anima la conservación del capital es justo esa horda de migrantes que pretende aborrecer. Ninguno de los desplazamientos que se retratan en Señales que precederán al fin del mundo es, entonces, realmente voluntario. Aquellas personas que abandonan su país en busca de mejor vida o que, como el hermano de Makina, van a recobrar lo que es suyo, en realidad responden a las necesidades de un sistema que se expande explotándolas. Quizá el momento más desgarrador de la novela es justo ese encuentro de Makina con su hermano. Al llegar al otro lado y comprobar la farsa del terreno que le habían prometido, el muchacho se topa con una familia norteamericana que promete pagarle por ir a la guerra en lugar de su hijo. Sin entender mucho inglés, él acepta, y a su regreso encuentra que la familia no estaba esperando verlo con vida. No hay mayor dificultad para ellos: le ceden los papeles de su hijo y se van a reinventar su vida en otro lado. El hermano de Makina, en cambio, queda alienado de manera permanente en un país extranjero, uniformado, casi conforme con pelear una guerra que no le pertenece.

Migrantes detenidos, fotografía de bbcworldservice, fuente Flickr

Frente a esta perspectiva desoladora en la que los migrantes no tienen control alguno sobre su destino, la obra deja relucir algo de esperanza. Cuando Makina, junto con otros indocumentados, es sometida por un policía, ella le arrebata una hoja a un detenido y escribe en lengua gabacha: “Nosotros somos los culpables de esta destrucción, los que no hablamos su lengua ni sabemos estar en silencio. Los que no llegamos en barco, los que ensuciamos de polvo sus portales, los que rompemos sus alambradas […]” (p. 109). El escrito de Makina tiene un tono de protesta, de llamado a la rebeldía. En él está ya dada la posibilidad de romper con el ciclo de explotación. En un entorno cambiante, heterogéneo y de límites difusos, la inestabilidad del sujeto migrante se convierte en una ventaja. Al tomar consciencia de su propia naturaleza, de su función irremplazable en el fluir actual del mundo, los migrantes pueden tomar las riendas. Tal vez de ahí viene que Makina, antes de desvanecerse en el silencio, comprenda “que lo que le sucedía no era un cataclismo […] con todo el cuerpo y con toda su memoria” (p. 119).  Finalmente, la novela de Herrera sí nos hace partícipes de una destrucción: la del planeta delimitado y uniforme que ha pretendido trazar la historia. Al fusionar historia y mito, Herrera hace mucho más que recrear un viaje de búsqueda. A través del pasado trastoca, en nuestras circunstancias actuales, todas nuestras creencias sobre el movimiento, la migración y el poder. Señales que precederán al fin del mundo reconstruye lo que está debajo de la superficie situándose en los espacios que ya comienzan a agrietarlo.

Bibliografía

Berardi, Franco. La sublevación. México: Surplus, 2014.
González Echevarría, Roberto. Mito y archivo. Una teoría de la narrativa latinoamericana. México: Fondo de Cultura Económica, 2011.
Herrera, Yuri. Señales que precederán al fin del mundo. Cáceres: Periférica, 2010.
Nail, Thomas. The Figure of the Migrant. United States: Stanford University Press, 2015.
Neilson, Brett y Sandro Mezzadra. Border as Method or the Multiplication of Labor. United States: Duke University Press, 2013.

Colaboradora invitada

Marcela Santos de la Peña

Actualmente realiza su tesis para optar por el grado de licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la UNAM. Ha participado en los proyectos de investigación PAPIIT “Literatura mexicana contemporánea (1995-2012)” y “Memoria cultural y culturas de la rememoración”. Sus áreas de interés son la literatura latinoamericana contemporánea y los estudios culturales.

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