Loros de Amaya Fariza

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Rodrigo Rey Rosa y la exhumación de Latinoamérica

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La narrativa de Rodrigo Rey Rosa contiene una visión cruda y totalmente comprometida con la auténtica cara de Latinoamérica. La suya es una mirada crítica al corazón de un continente lastimado por la violencia, por la muerte y por la dolorosa memoria que constituye su historia. Él mismo define sus textos como “ficciones redactadas durante un punto de inflexión en la historia de Guatemala en las que pueden verse el carácter cíclico que tiene todavía la historia social de una ex colonia española en plena era cibernética” (2013, p. 10). Así es como desde su tierra natal este escritor ha entendido que para exorcizar la violencia cotidiana es necesario escribirla (y rescribirla) de tal forma que la narrativa latinoamericana se impregne de muerte, de abandono, de sangre, de pobreza, de incertidumbre. Y esto no se debe a que no existan otras cosas sobre las cuales escribir. Es resultado, más bien, de la visión descarnada y temeraria de un autor que no le teme a la realidad. No puede decirse, sin embargo, que su escritura, por el mero hecho de buscar el fiel retrato de nuestra América Latina, carezca de imaginería. Tal es el caso de uno de sus relatos más famosos: “Cárcel de árboles”.

Rodrigo Rey Rosa

El cuento trata de lo siguiente, imaginen la escena: un poderoso consejero de Estado y una doctora se encuentran juntos en un laboratorio; ella le enseña un grupo de loros que, por separado, emiten sílabas al azar. Pero juntos logran recitar cuatro versos de un poema de Rubén Darío. Estos loros pueden, en conjunto, hacer y decir lo que se les pida. El consejero, impresionado, le dice que le dará los hombres que ella le pida, pues ahora se ha dado cuenta de que ese experimento puede ser ejecutable en seres humanos a niveles impensables. La doctora le promete resultados satisfactorios con los hombres que le serán “prestados”. Posteriormente, un hombre se descubre encadenado a un árbol. No sabe quién es ni cómo llegó allí. Se da cuenta de que le extirparon la lengua y que tiene cicatrices en la cabeza que parecen ser producto de varias incisiones. A su alrededor, todos parecen estar en las mismas condiciones que él. Un día encuentra papel y una tiza, al mismo tiempo que se da cuenta de que cada árbol está marcado con una consonante y una vocal, es decir, una sílaba. Aunque sabe articular su pensamiento, no sabe cómo comunicarse con los demás y no está seguro de saber escribir o hablar algún idioma. No obstante, al comenzar a garabatear en el papel se da cuenta de que —al contrario de lo que había pensado— no ha perdido la capacidad de utilizar el lenguaje escrito. Así es como comienza a hacer anotaciones sobre su entorno y las actividades que lleva a cabo todos los días. No está seguro de muchas cosas, pero sí está convencido de que hay un momento del día en el que lo obligan a alejarse de su árbol para hacer algo, aunque no está muy seguro de qué es: es como si al terminar de hacerlo, se le borrara la memoria.

Tiempo después logra liberarse, pero sabe que no llegará lejos, pues todo el terreno —que tiene más forma de laberinto que de cárcel— está constantemente vigilado. Toma la decisión de subirse a la copa de su propio árbol a esperar el momento oportuno para salir de ahí. Un día después, su ausencia es resuelta con otro individuo en las mismas condiciones que él y que todos los demás. Intenta armar un plan de escape con el recién llegado, pero no da resultado debido a la falta de pericia de éste para la comunicación escrita. Al final consigue escaparse aunque sin llegar muy lejos, pues su condición no le permite alejarse más que unos cuantos kilómetros. Ahí es encontrado por el Doctor Adie, quien lee todo lo que este individuo ha estado escribiendo y es así como nos enteramos de las atrocidades que sufrió.

Loros de Amaya Fariza

Esta pérdida de identidad, de la memoria y de la libertad que sufre el personaje no es insólita en la narrativa de Rey Rosa. No es la primera vez que utiliza el secuestro como eje principal de su narración. Los sordos, El cojo bueno y El material humano son algunos ejemplos. En esas tres novelas, el guatemalteco explora, con una prosa hipnótica y vertiginosa, los rincones cotidianos de la violencia en Latinoamérica. Su manera de escribir tiene una naturalidad endiablada que inevitablemente acerca al lector a ese territorio hostil que Rey Rosa describe en la mayoría de sus narraciones que, hay que decirlo, casi nunca dan la sensación de ser ficcionales. La cercanía y la familiaridad de esa violencia es tanta, que pareciera que el escritor sólo necesitó una detallada conversación con alguno de nosotros para extraer sus historias. Y esto no representa ningún intento por demeritar su escritura, sino una razón más para elogiar el pulso tan certero que tiene su pluma al momento de traer a sus páginas el infierno de esta realidad.

En esa Guatemala (que al mismo tiempo es toda América Latina) que retrata, siempre convulsa y violentada, el secuestro parece ser lo único seguro en el día a día. El personaje de “Cárcel de árboles” se ve sustraído de su lugar de origen para ser insertado en un lugar desconocido, un laberinto repleto de peligros y de enigmas aparentemente imposibles de sortear. Su memoria le es borrada todos los días y el lenguaje mismo le es negado parcialmente desde el momento en el que llega a esa cárcel de árboles. Es interesante la imagen mental que representa esta cárcel, pues la expresión de la libertad y de la bondad de la naturaleza puede relacionarse con los árboles, con el verde de sus hojas y con las aves. Y es eso exactamente lo que toma el autor para convertirlo en una prisión sin rejas. El golpe más duro que Rey Rosa lanza al lector es hacer que, junto con el personaje, se sienta aislado y desesperanzado aun bajo la otrora salvadora sombra de un árbol.

Como se verá más adelante en el relato, este personaje ha sido víctima de un experimento que lo dejó vulnerable a la voluntad del perpetrador —cuya identidad real desconocemos, aunque sabemos muy bien a quién representa simbólicamente—. Cada individuo recluido en la cárcel de árboles está programado para hacer algo determinado y decir un par de sílabas (marcadas en el árbol al que están encadenados) para que, al juntar a todos los sujetos, formen una turba imparable que recite y realice cualquier cosa que el perpetrador desee. Así, el autor pone al Estado como un ente omnipotente que posee recursos inimaginables para someter a cualquier persona. Este Estado ejecuta una apropiación de su ser, como si las personas fueran una página en la que se borrara todo el texto preexistente para, después, escribir en ella algo nuevo. Rey Rosa habla de cosas que no nos son ajenas en ninguna de sus dimensiones. Tal vez haya que señalar que impregna al texto con maniobras ficcionales propias de cualquier escritor, pero no deja de recalcar varios asuntos relevantes en el contexto político de América Latina: el secuestro, la desaparición y la apropiación como armas de poder y de control sobre los individuos.

Este escritor se ha convertido en el forense de cabecera de la literatura latinoamericana contemporánea, un escritor-forense que practica una autopsia al cadáver de su masacrada nación. Pero lo cierto es que ni siquiera busca ya la causa de la muerte, sino la manera de evitar que esta pandemia de muertes violentas se contagie. ¿Cómo? A través de la escritura constante de un ahora y un ayer igualmente dolorosos. El guatemalteco no pretende reescribir este ingrato presente con una nueva luz esperanzadora. No, porque eso sería una traición evidente a la realidad e incluso al futuro de su país. Rodrigo Rey Rosa exhuma el cadáver mediante la observación aguda y profundamente crítica de un contexto aparentemente inalterable. No busca el sentimentalismo ni las lecciones morales. Está más comprometido con la estructura caótica de la realidad y las secuelas que deja en el presente. “Cárcel de árboles” es, pues, la autopsia de una nación masacrada. Es una exhumación que no está exenta de suposiciones y, acaso, predicciones de un oscuro futuro. En la mente del forense Rey Rosa no hay más autor del crimen que el Estado. Ni siquiera se empeña en buscar otro. La respuesta, por lo menos para él, es evidente desde el comienzo.

Pero para hablar de cadáveres no sólo hay que referirnos al cadáver de Guatemala y de Latinoamérica. Es necesario también hablar del cadáver del lenguaje que el personaje de este relato exhuma. Desentierra un conocimiento, una facultad que le fue arrebatada para después apropiarse (otra vez) de ella. La apropiación en este caso es un acto más de recuperación que de resignificación. Pero no puede hacer lo mismo con la memoria. ¿Qué sucede con los rasgos esenciales que viven en los recuerdos de cada individuo? La aniquilación de la memoria significa la eliminación de la personalidad. Ese cadáver, desafortunadamente, no puede ser exhumado por el personaje. Sólo puede reconstruirlo a través del lenguaje y de lo que él mismo es ahora, no de lo que fue. La memoria colectiva es, también, borrada o en el mejor de los casos sepultada constantemente por el Estado. Rey Rosa sabe que la memoria de su personaje es la memoria de todo un país, de todo un continente. Que él no recuerde quién es ni de dónde viene nos duele como lectores porque ese parece ser nuestro sentir constantemente cuando los actos de violencia se intensifican en nuestro territorio.

El guatemalteco ya había explorado los alcances de la memoria y su caótico discurrir en el espacio y en el tiempo en El material humano. En esa obra también se atrevió a someter al Estado a un escrutinio exhaustivo en busca de la verdad, intentando recuperar los rostros y los nombres de los desaparecidos y asesinados por montones. Para el autor, los muertos deben dignificarse, deben dejar de ser considerados como un número más en una estadística brutal. El Estado, entonces, se convierte en el usurpador de la humanidad entera de sus personajes y del lector mismo. Es un secuestrador que se deshace del cuerpo, lo convierte en cenizas y las esconde. Es lo que Sergio Villalobos Ruminott llamaría “la desaparición de la desaparición”. La memoria de los personajes de ambas obras es, también, los muertos y los desaparecidos de toda América Latina. Son cadáveres que no se pueden hallar, que no pueden ser exhumados, que están perdidos en un territorio hostil que parece configurar un laberinto de muertes y de violencia constantes. Como lectores, entonces, quisiéramos tener la capacidad de Rey Rosa para ser los forenses de nuestro territorio, para encontrar la causa de toda la muerte sin sentido y de la terrible desaparición y así evitar el contagio. Pero no podemos. El Estado no deja huellas, no deja rastros. Y si los deja, parecen no ser castigables.

Árbol de sobrarbe, fotografía de Alfonso Ferber

En el relato “Cárcel de árboles”, mediante una interesante y breve incursión en la ciencia ficción más tenebrosa, el autor nos revela que al personaje le enlazaron los nervios de recepción del lenguaje con los nervios de la recepción del placer. Tiene una lesión unilateral del istmo temporal, responsable de la memoria de corta duración, y otra lesión en el sistema límbico, responsable de la memoria a largo plazo. Inferimos, entonces, que su cerebro fue manipulado quirúrgicamente no sólo para borrarle la memoria, sino para obtener placer a través de la obediencia. De tal modo que el individuo pierda toda noción de su libertad y de su conciencia. No obstante, como seres humanos, tenemos esa cualidad de cuestionarnos sobre lo que nos rodea, de intentar descifrar aquello que nos parece inexplicable. Así, este individuo se sobrepone a las circunstancias aparentemente infranqueables que tiene frente a sí. Su humanidad arrebatada le es devuelta en el momento en el que decide liberarse de las cadenas que lo tienen prisionero, al percatarse de que el lenguaje no puede ser robado, así como tampoco le pueden ser arrebatadas las ganas de vivir.

En el prólogo del relato, el consejero aclara que los hombres que le prestará a la doctora están “justa o injustamente” sentenciados a muerte. ¿Qué significa eso? Es una evidencia de que el Estado está consciente de las fallas de su sistema legal. Si esos hombres son inocentes o no, resulta irrelevante, porque están condenados de cualquier manera. Entonces, por el simple hecho de estar condenados a muerte, la sustracción de su memoria y la extirpación de su lengua son plenamente justificables. Es lo que Bolívar Echeverría llamaría una “violencia legítima” (p. 4). Una entidad estatal que persigue un retorcido “mundo feliz” y una “paz perpetua” mediante el uso de la fuerza, que engrasa su maquinaria institucional con sangre inocente. Estos oscuros objetivos son, en la concepción de esta entidad estatal, posibles, aunque no están todavía a la vista pues se hallan en un futuro próximo. Pareciera entonces que mediante el secuestro, la manipulación y la desaparición, este mundo feliz está a la vuelta de la esquina. Y esta entidad estatal está utilizando toda la maquinaria que tiene a su alcance para construirlo. De esta forma, como entidad suprema, sus acciones tienen una legitimidad institucional; como escribió León Tolstoi: “gracias a la actividad del gobierno, que ha permitido el asesinato como un medio para llegar a sus fines, todos los crímenes son actualmente considerados como los actos más naturales y corrientes, inherentes, por decirlo así, a la condición humana” (p. 6). Es una “violencia virtuosa” que sacrifica algunas vidas en favor de otras, en pos de un progreso necio e incomprensible.

El personaje de “Cárcel de árboles” está acorralado dentro de una sociedad lastimada por un látigo institucional. Es un hombre condenado a morir, ya sea porque cometió un crimen cualquiera, o por una decisión arbitraria del fallido sistema. Al igual que muchos de los personajes de Rey Rosa, éste no tiene manera de transformar su vida, sólo puede atinar a recorrer el camino que ya le han trazado y que luce inalterablemente trágico.

Es inútil buscar palabras de consuelo entre las páginas que el autor ha escrito. Su intención no es narrarnos algo que nos evada un momento de este presente. Él ha elegido el camino duro. Se ha convertido en el invitado incómodo, en el que vierte alcohol sobre la herida que todos queremos que cicatrice de una vez por todas. No está aquí para envolvernos con realismo mágico ni con un lenguaje maravilloso y florido. Escribe para recordarnos que allá afuera las cosas no están bien desde hace tiempo. Que hay un monstruo que nos consume, que se come a nuestros vecinos, a nuestros amigos, a nuestros familiares. Quizá la escritura sea la única forma de hacerle frente.

Bibliografía

Echeverría, Bolívar. “Violencia y modernidad” en El mundo de la violencia, México, UNAM-FCE, 1998.
Rey Rosa, Rodrigo. Imitación de Guatemala, México: Alfaguara, 2013.
Tolstoy, León. “No puedo callarme” en Obras reunidas, Madrid: Océano, 1985.
Villalobos, Sergio. Heterografías de la violencia, Buenos Aires: 2016.

Colaborador invitado

Rodrigo Rosas Mendoza

Egresado de la Licenciatura en Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Se interesa particularmente por la narrativa policial, de ciencia ficción y fantástica en México e Hispanoamérica. Ha dedicado varios de sus estudios a la violencia y a la usurpación de la memoria en la literatura latinoamericana contemporánea.

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