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La metaliteratura en El último lector, de David Toscana

Todo lector termina asesinando al autor.
Luis Arturo Ramos, Ricochet o los derechos de autor
Un texto sólo despierta a la vida cuando es leído.
Wolfgang Iser, El acto de lectura

El escritor regiomontano David Toscana, durante sus primeras novelas y publicaciones, se caracterizó por ser un autor representativo de la literatura del norte de México: relatos costumbristas y de gran realismo, enmarcados en la temática típica de esta región. Sin embargo, no fue sino hasta su quinta novela, El último lector (2004), en que Toscana no sólo adquirió una voz y estilo propios, sino que estableció una línea novedosa dentro de la literatura mexicana, tanto por sus historias como por la forma de narrarlas.

El último lector es una novela alegórica del México contemporáneo en lo referente a la lectura y la literatura, y cómo estos aspectos se vinculan con un lector casi inexistente. A través de esta novela, se propone una visión sobre estos asuntos, así como de los límites entre vida y literatura, enlazando narraciones que parecen eternas e infinitas.

La trama de la novela es aparentemente sencilla: la biblioteca de Icamole, un pueblo desértico y perdido en el norte de México, se ha quedado sin lectores. Hace un año que no llueve, y en el pozo de Remigio, hijo de Lucio, el bibliotecario, aparece el cuerpo inerte de una niña. Hasta este punto, podría parecer una historia más de un crimen por resolver. No obstante, la línea discursiva del asesinato resulta ser periférica, casi un pretexto para hablar de la trama central, que es la reflexión sobre el carácter de la literatura como creación artística, así como la relación autor-libro-lector.

Una de las características particulares del lenguaje, y en específico del lenguaje literario, es la capacidad de hablar reflexivamente de sí mismo. El lenguaje es una gran metáfora, toda palabra es una forma de expresar y representar la realidad, una manera de aglutinar en un solo signo un listado de características. La autorreferencialidad lingüística surge ante la necesidad de explicar este sistema de metáforas que llamamos lenguaje. La conciencia que tenemos como hablantes de este sistema de signos nos obliga a reflexionar sobre el acto mismo del habla y sobre el medio y la materia con que lo hacemos.

En este sentido, la autorreferencialidad literaria se deriva de esta capacidad lingüística, por lo que podríamos definir a la metaliteratura, de acuerdo con Jesús Camarero como “la apuesta del escritor por una acción comunicativa capaz de incorporar al lector a un acto de construcción textual en la que se ponen al descubierto las estructuras confortantes de ese mismo texto, de modo que el lector se puede volver más activo en la tarea de construcción de sentido” (Camarero, p. 457).

La novela El último lector echa mano de numerosos recursos que sitúan al lector “real” en una serie de dobleces y complejidades que implica el acto de leer. Esto permite un acercamiento a diversas cuestiones asociadas a ello, como el placer estético, la novela como género literario, la relación entre la vida y la literatura, la representación de lo real y, sobre todo, el planteamiento de la inmemorial y nunca del todo respondida pregunta de ¿qué es literatura y qué no?

Una de las figuras fundamentales de las que se vale el texto para crear el efecto metaficcional es el personaje de Lucio, el bibliotecario, un personaje quijotesco que engulle de forma selectiva todo lo que llega a su solitaria biblioteca en Icamole. La historia de Lucio como lector, así como sus lecturas, se convierten en el argumento narrativo central de la novela, pues toda la trama es guiada y explicada por medio de los libros que ha leído, y no se cansa de buscar intertextualidades entre la vida del pueblo y la literatura.

Lucio, cual Quijote, se defiende de la realidad y construye otra a partir de las letras. Fetichiza la literatura, la “buena literatura”, la transforma en motivo de vida, de existencia, se convierte en la amada, la amante y la esposa, en los hechos pasados y futuros, y con ella define, como si fuera un oráculo sagrado, el porvenir de los personajes. Lucio encarna al lector ideal, al lector “puro” (de acuerdo con la denominación de Ricardo Piglia) para el que la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida. El lector “puro” es un lector salvaje, “extremo, siempre apasionado y compulsivo” (p. 21). Por otro lado, el lector “puro” es también un lector de absoluta autonomía. Existe en él “cierta arbitrariedad, cierta inclinación deliberada a leer mal, a leer fuera de lugar, a relacionar series imposibles”(p. 28), pues esas son marcas de un lector perfecto, que tiene la disposición a leer según su interés y necesidad.

El último lector, de Ricardo Piglia.

De esa misma forma, Lucio ejerce su autonomía lectora al hacer juicios personalísimos de la literatura: le mienta la madre a los autores por su pretensión, escupe a los libros y se deshace de aquellos indignos de ser leídos arrojándolos al infierno del sótano, donde nunca más serán leídos, sino devorados por las cucarachas y el tiempo.

Los recursos metaliterarios que encontramos en el texto son numerosos, y van mucho más allá de las constantes críticas en materia literaria que hace Lucio. El pastiche es uno de los más usuales, al grado de que resulta casi una línea conductora en la historia. Por medio de otras novelas, reales o apócrifas al más puro estilo borgeano, la vida y la literatura son una misma, los personajes de las supuestas novelas coexisten y dialogan con los del texto. La novela apócrifa Los peces de la tierra, del supuesto autor Klaus Haslinger, narra el que Lucio cree que fue el descubrimiento de Icamole, pues las características del lugar que se describe corresponden en su totalidad con las del miserable pueblo. En el texto ficticio El manzano, de otro autor ficticio, Alberto Santin, Lucio encuentra paralelismos con el crimen recién ocurrido, y como si fuese una guía o manual, sugiere a Remigio, su hijo, que haga con el cadáver lo mismo que el asesino hace en la novela: enterrarlo al pie del manzano. Todo salvando las debidas diferencias y distancias, pues Icamole no es París, y en el pueblo no se dan las manzanas, sino los aguacates. Sin embargo, la novela ficticia que aparece con mayor asiduidad en las referencias de Lucio es La muerte de Babette, de un supuesto Pierre Lafitte. Se trata de uno de los libros favoritos del bibliotecario, pues en él, el autor no cae en pretensiones, y sabe hacer las elipsis adecuadas y no detallar burdamente ni redundar en la muerte de la pequeña Babette. Lucio equipara aquella muerte con la de la pequeña Adamari, encontrada inerte en el pozo, e incluso la rebautiza como Babette. Ambas son blancas, de piel suave, ojos oscuros y cabello brillante. Gracias a esa novela, Lucio determina quién es el supuesto culpable del crimen, pues cree que la vida “real” está marcada por el destino literario.

Con frecuencia, la estructura de puesta en abismo representa la disposición del juego literario autor-texto-lector. Los diversos personajes de la novela son lectores e intérpretes tanto del mundo real como del literario, al tiempo que son signos y objetos de otro texto en el que son leídos y descifrados por alguien. Aquí, la existencia humana y la experiencia literaria son mostradas como una gran caja china, en la que los límites se desdibujan.

El ejercicio metatextual está presente también en la crítica que se hace a la literatura, pues hay momentos en la narración de la novela, que se convierten en una especie de “pequeño tratado” de teoría literaria, presentado de un modo menos solemne, como cuando Lucio ve una serie de libros apilados en su biblioteca, y

le sorprende la cantidad de almas que nacieron para ser condenadas, almas que debieron sufrir su exterminio mucho antes de llegar a la imprenta; almas de quienes cambiaron la pluma por el coctel, a sus personajes por su persona, de quienes se arrastran por un [Premio] Pavlov; almas de todos esos hijos de la gran puta que predican que Latinoamérica ya no da para las letras si no se le disfraza de gringuez; almas femeninas que debieron sentarse a tejer, recostarse junto a su hombre, surtir las legumbres del día, en vez de suponer que se les había dado la palabra para algo más que un chismorreo entre vecinas (Toscana, p. 178).

Los personajes ejercen una constante “metacrítica” o acaso un simulacro de crítica textual no únicamente hacia su propio texto sino hacia el género novelesco y al lector. Se critican finales, personajes, tramas, estilos e incluso la convencionalidad del signo lingüístico: “Las novelas son sólo palabras, y la palabra muerte no es lo mismo que la muerte” (Toscana, p. 154).

Encontramos también entre otros recursos metanarrativos las citaciones textuales (apócrifas y verdaderas), parodias o simulaciones de géneros literarios, tematización del lector que reconstruye lo que lee, la autoburla y la autocrítica alternando con el autoelogio; todo con el fin de confundir la ficción con el acto de ficcionalizar y estos dos con la realidad.

De esta forma, el lector, sin previo aviso, asiste al entrecruce lúdico de la dimensión de lo real y de lo ficticio. Un universo llena los huecos del otro y viceversa. En El último lector, la vida entra en tensión con la literatura, pues, como dice el propio Lucio, “el tiempo de la novela es un presente permanente, un tiempo inmediato, tangible y auténtico” (Toscana, p. 122).

La lectura es un acto que implica la réplica, la distancia, y que articula mundos tradicionalmente binarios, como lo son la imaginación y la realidad, pero que se inscribe y anida precisamente en ese espacio intersticial, en los huecos que ambas dejan para que el lector los llene.

David Toscana. Foto: Javier Oliaga.

La novela nos pone ante el vacío de la ficción-realidad, cuestiona con ironía las capacidades de la literatura y del lenguaje mismo. El texto nos lleva a asumirnos como lectores y hablantes, y nos revela que todo es metáfora porque todo es lenguaje, que la experiencia de la lectura y la parodia de tal experiencia nos descubren espacios infinitos en la narrativa y en la realidad, nos aguijonean cuando nos adormilamos en lecturas simples y anecdóticas. El texto, así como Lucio el bibliotecario, hacen un llamado al lector “modelo”:

Viva Pancho Villa, cabrones, y la Virgen de Guadalupe. Le rezan a uno y a otra, hacen sus propias novelas. Creen en ellas como usted y yo creemos en Babette. También creen en la historieta de la carta a Evangelina, creen en Coplas guadalupanas aunque sólo vean la portada, creen en las novelas de la Biblia, en resucitados, ángeles, botes que cargan con toda la fauna, infierno y paraíso, el sol que se detiene, serpientes parlanchinas y marranos que se lanzan por un barranco, ángeles, demonios, crucificados y tantas cosas que nadie ha visto ni verá más que a través de las palabras, entonces no me explico por qué se resisten a entrar en mi biblioteca, por qué piensan que hay un abismo entre la vida y el papel  (Toscana, p. 118).

El último lector no es sino la expresión de una crítica de la literatura a través de la literatura misma, no sólo en aspectos formales y de construcción sino de todo aquello que rodea al fenómeno literario incluyendo al lector mismo.
Lucio, como Quijote moderno, se sabe material de lectura y como tal sabe que está condenado a repetir interminablemente, acaso con leves variaciones producto de las distintas lecturas de quienes lo leen, la miseria de una vida sepultada en la literatura.

Bibliografía:

Camarero, Jesús. Metaliteratura: Estructuras formales. Barcelona: Anthropos Editorial, 2004.
Piglia, Ricardo. El último lector. Barcelona: Anagrama, 2005.
Toscana, David. El último lector. México: Alfaguara, 2010.

Acerca del autor

Cristina Díaz

Es egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara, México, y de la Universidad de São Paulo (usp), Brasil, donde también estudió cuestiones…

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