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Un paseo extravagante por seis historias incómodas

Guadalupe Nettel, Pétalos y otras historias incómodas. Barcelona: Anagrama, 2016. 144 pp.

El exotismo de las pequeñas anormalidades que afloran en la vida íntima, esas casi invisibles patologías que se esconden bajo la rutina de la cotidianidad citadina, es explorado por Guadalupe Nettel en Pétalos y otras historias incómodas (Anagrama, 2008). Este volumen compila seis historias de «atmósferas asfixiantes»1cuyo fondo escénico son las calles de las grandes metrópolis: Tokio, la Ciudad de México, París… La obra obtuvo el Premio Nacional de Cuentos «Gilberto Owen» (2007) y el Premio «Antonin Artaud» (2008), que aunados a otros reconocimientos, como el más reciente III Premio Internacional de Narrativa Breve «Ribera del Duero» (2013) por Historias naturales, van consolidando a Guadalupe Nettel2como una escritora de relevancia internacional y un blanco atractivo para la crítica, aun a pesar de su insistente preferencia por pasar desapercibida.3 De hecho, desde hace un lustro, la narradora mexicana ha sido señalada como parte de los jóvenes escritores más representativos de América Latina, al lado de autores como Jorge Volpi, por ejemplo.

Pétalos… retoma como epígrafe fragmentos de las obras de Julio Ramón Ribeyro y Mario Bellatin. El primero refiere cómo los seres imperfectos sólo pueden acceder, en el mundo imperfecto en el que viven, a «migajas de felicidad». Mario Bellatin habla de la belleza de lo monstruoso.4 ¿Las manías privadas, los impulsos un tanto abyectos, vuelven monstruosos a quienes las padecen? Con un lenguaje más bien directo que metafórico, dice Rafael Lemus, la autora presenta una «sensibilidad poco ordinaria» (2008: s/p). 5 Los personajes se debaten entre el ocultar y el revelar, el disimular y el evidenciarse ante una sociedad (la familia, la pareja, el «otro»), que parece «normal», y que, sin embargo, son también tan abominables como las fobias de estos personajes.

La narración en primera persona impide adentrarse en los pensamientos del resto de los personajes que rodean a los protagonistas. Sólo se cuenta con la mirada y la voz del narrador, que, desde su voluntario aislamiento, describe los espacios y las vidas tanto de los demás como la propia. ¿A qué se debe la pretendida «incomodidad» de los cuentos de Guadalupe Nettel? Quizá lo son por el tono despectivo de los textos, por la tensión que genera la connivencia de dos impulsos: la defensa a ultranza por esconder las más peculiares pasiones y manías y su inevitable exhibición a través de la escritura, lo que coloca al lector en el papel de voyeur «a su pesar». Un voyeur que observa a otros como espectadores de las manías de los demás.

El narrador de «Ptosis», el cuento que inaugura la antología, ¿a quién le habla?, ¿quién es su posible receptor o lector? El relato es un largo monólogo, un aparente fluir de conciencia, cuyo punto nodal es el encuentro fortuito del protagonista ―sin nombre, como la mayoría de los personajes―, con una chica veinte años menor. Se conocen en el estudio fotográfico donde él se encarga de las finanzas y auxilia ocasionalmente a su padre en la toma de las muestras fotográficas. El motivo de la visita de la joven es similar al resto de los clientes: tomar las cinco fotografías requeridas por el doctor Ruellan, el mejor cirujano de párpados de la ciudad, «cinco tomas cercanas ―de ojos cerrados y abiertos, para que quede constancia de su estado antes de la operación» (13). La belleza de sus ojos deslumbra al protagonista a tal grado que lo trastorna emocionalmente, pero así como oculta su fascinación por los «párpados insólitos» que ocasionalmente encuentra en sus caminatas por las calles de París, así también reprime su temor a perder en aquella inocente cirugía la admiración que siente por la joven. Un segundo encuentro casual sucede meses más tarde. La operación se ha retrasado varios meses, le explica ella. El hombre cuarentón, el ayudante de fotógrafo, el tímido y solitario protagonista, pasa del trato impersonal y del respetuoso «usted» a desinhibirse y vivir «el día más alegre» de su vida. Durante la noche, después de besar largamente «esos tres milímetros suplementarios de párpado, esos tres milímetros de voluptuosidad desquiciante» (23), le suplica que permanezca con él, «así como era en ese momento» (23).

El elemento extraordinario, que se anuncia de manera rápida en el cuento, es precisamente la producción en serie de párpados idénticos que transforman los rostros de los pacientes. El narrador los identifica como «tribus de mutantes» a la que finalmente se integra su enamorada. El personaje se enclaustra todavía más en su propia soledad, en el recuerdo de aquellos ojos imperfectos.

Guadalupe Nettel. Foto: Marta Calvo.

«Transpersiana» gira en torno a la descripción de una escena. Es la historia de una mujer que mira a través de la ventana hacia el departamento que se encuentra frente al suyo. Protegida por la obscuridad, observa plácidamente la vida de su vecino. En esta ocasión, «por primera vez en tantos meses» (27) llega acompañado. La soledad en la que viven los personajes, de este y de los otros cuentos, no es una tragedia sino un estilo de vida elegido a consciencia; una existencia que oscila entre el destino inevitable, por ser «distinto» ―cualquier cosa que esto pueda significar― y el deseo, a veces culpable, de conservar su aislamiento. La mujer voyerista de «Transpersiana» comparte su soledad con aquel que observa en el departamento de enfrente, se vuelve parte de su intimidad sin la penosa necesidad de entablar una relación con éste. La llegada del personaje con una compañía despierta el interés de la narradora; la decisión de él de masturbarse en la cocina, mientras su cita espera en la sala, la complace. La mujer lo mira sin perder detalle de la escena hasta coincidir con él en el orgasmo. La voyeur entonces, «más ligera», más tranquila al ver que él regresa a la sala, cambia su percepción sobre la compañía femenina. De la sensualidad descrita en las primeras páginas pasa a ser la imagen disminuida de una mujer con «cara de niña ingenua y su vestidito negro que ya no habría de quitarse en toda la noche» (31).

La soledad es un refugio, una virtud que defienden estos protagonistas urbanos como parte de su individualidad. «Bonsái» confirma esta primera impresión. De nuevo el tono despectivo del narrador mina la imagen-cliché del matrimonio feliz del Sr. Okada, el narrador. En su relato entra en juego el contraste entre las apariencias de lo políticamente correcto, de la armonía e incluso de la comodidad que caracteriza la vida cotidiana y rutinaria, con el mundo en ebullición de las pasiones reprimidas, los verdaderos pensamientos ocultos. «Cuando decidí casarme me propuse compartir todo con ella y me gustaba hacerle saber que entre nosotros no había ningún secreto» (37), confiesa el narrador cuya defensa de al menos ocultarle algo a su esposa será la defensa de su propio espacio e identidad. Él un «cactus», los outsiders de las plantas, ella una hiedra o una madreselva: «Durante algunos minutos, me quedé pensando en Midori, en su manera callada de infiltrarse en cualquier espacio y de tomar posesión de mi vida» (51). El personaje femenino, descrito por Okada, no deja de ser un estereotipo de la mujer superficial, de fines de semana en la estética, ansiosa por la maternidad y de largos brazos represores. En suma, un monstruo para el Sr. Okada: «la fuerza de una planta como ésa ―me dijo [el jardinero]― radica en su voluntad a prueba de todo. Son capaces de trepar desde el suelo hasta lo alto de una torre» (52). El jardinero, como un sabio oriental ―el cuento se desarrolla en Tokio―, describe la esencia de las plantas mientras el narrador descubre su «verdadera» identidad y la de su matrimonio. La comunicación entre la pareja se vuelve imposible. Se quiebra la armonía aparente y las diferencias surgen entre ambos hasta expulsarlos hacia la soledad, espacio en el que al menos él pertenece, como el cactus que asume ser.

«El otro lado del muelle» es la historia sugerente de dos adolescentes que se conocen en el mar. El tema es la búsqueda de la «Verdadera Soledad», así con mayúsculas. La narradora, ahora adulta, se describe a sí misma como «una muchacha que en ese entonces estrenaba con vergüenza sus senos puntiagudos de perra flaca, un cuerpo demasiado grande para sus vestidos y demasiado escueto para el traje de baño» (64). Los personajes están en la búsqueda de probarse a sí mismos que pueden sobrevivir y ser felices al margen de la comodidad de una familia de clase media alta de la ciudad de México. La protagonista y sus tíos parten hacia una isla donde éstos han comprado una casa en ruinas. La isla se llama Santa Helena y la que irrumpe en la tranquilidad de la isla, Michelle, una adolescente francesa que visita a su madre enferma de cáncer.

La muerte une a las dos adolescentes. La escena es breve y parece justificar toda la trama del relato. En un instante, como una solución espontánea al duelo de Michelle, la protagonista descubre su seno naciente y puntiagudo a «una boca delgada y fría, una boca de pez» (79). Al despedirse, en el muelle, la narradora descubre la «Verdadera Soledad» en los ojos azules de Michelle. El tono ingenuo de los diálogos entre los adolescentes pretende retratar el aislamiento de la narradora; la casa en ruinas es la imagen un tanto sobada de la búsqueda del paraíso para los jóvenes amantes, tíos de la protagonista. Por supuesto, la narradora, adulta, recuerda esta escena entre el sonido de las cucharitas y «el bullicio de las tías» que sazonan las reuniones familiares. El encuentro con Michelle en realidad no deja de ser un bonito recuerdo de adolescencia.

«Pétalos» es una narración vertiginosa de la obsesión de un hombre por encontrar a la dueña de machas y aromas dejados en el baño de un café de algún barrio de Italia. Pendiente de la apariencia fragmentada de las mujeres, de los olores de los fluidos de éstas, el narrador nunca nos devuelve una imagen de sí mismo, pero retrata con precisión su obsesa búsqueda por aquella que ha llamado Flor. Acude a todos los baños de los bares, restaurantes y cafés de la zona que rodean la avenida Tíber. En la ambigüedad del perfil que puede adivinar el lector sobre el personaje (entre vagabundo y ente «común» que pasa inadvertido en los bares y los restaurantes), el narrador configura uno de los cuentos más extravagantes de la antología y también de los más halagados (Lemus, 2008/ Pérez-Casarrubias, 200). Lo mismo que el primer relato, «Ptosis», el protagonista expone primero sus gustos, sus manías, sus aficiones que son, al mismo tiempo, una explicación de su propia soledad. Ello acentúa la importancia del elemento que irrumpe en este mundo personal ―extraño para el lector, cotidiano para el personaje― y que da un giro en la vida emocional y patológica del protagonista. Así, de pronto, aparece Flor, una desconocida cuyas manchas y olor le parecen en un primer momento un enigma: «Era como mirar un nudo y no encontrar ningún extremo donde empezar a desatarlo. Lo único que se me ocurrió fue desabrocharme la bragueta y orinar con esmero sobre los tres círculos hasta que en el mosaico no hubo más que mi propio olor, profundo y anaranjado» (88). La búsqueda se vuelve frenética.

Guadalupe Nettel. Foto: Daniel Mordzinsky.

El relato, en este ritmo que parece darle una forma de diálogo al texto, lleva a preguntar, de pronto, ¿a quién cuenta su historia? El narratario es invisible y, sin embargo, también parece una confesión, no de sus obsesiones, sino de quien pudo haber prevenido alguna tragedia y al final, por tedio o cobardía, no lo hizo. La búsqueda del personaje se vuelve en algún momento también en un interés vital para el lector, la traducción de los olores y las manchas configuran la lenta decadencia de aquella mujer desconocida, una mujer seguramente enferma, que «está viviendo horas extras» (90). La prisa de las primeras páginas cambia al llegar al final. La narración se detiene en la descripción del paisaje nocturno, de una súbita calma que simplemente permite enmarcar el fatídico desenlace.

Finalmente, «Bezoar», es el diario de una mujer cuya debilidad es arrancarse el cabello. El entorno familiar, la imponente figura materna, es el origen de esta peculiar debilidad de la protagonista. Respondiendo a preguntas posibles de su psiquiatra, anotando las observaciones sobre la conducta «anormal» de la paciente, el personaje construye una historia con retazos de la infancia y la juventud, de su primer amor y de aquello que la llevó a entablar una relación, por lo demás caótica, con uno de los pacientes del mismo doctor, Víctor Ghica. Es el único relato que permite reconocer en la voz de otros al narrador de la historia, sin embargo, no deja de filtrarse por su puesto, la relación escéptica de la paciente con su doctor.

El relato oscila entre el pasado más remoto y lo sucedido en el día anterior: «Ayer, sin ir más lejos, mientras intentaba decidir si debía o no hablarle de esto, caí en uno de esos momentos de trance. […] Mientras pensaba esto, los cabellos iban cayendo sobre el cuaderno como las hojas de un otoño personal» (109). La proximidad hiperbólica en el detalle de los objetos es un recurso que pretende generar la desazón del lector: «Descubrí que además del aspecto externo que todos conocemos, existe una parte oculta y babosa que conforma la raíz […] Lo primero que se me ocurrió fue meterme el bulbo a la boca y engullirlo» (106). «Tiré con fuerza del pelo y miré el resultado: la raíz era enorme» (109). O el sonido perturbador del chasquido de los dedos de Víctor. El cuento apuesta por el posible rechazo que ambas fijaciones generarán en el lector. Aunque a veces sea imposible escuchar el chasquido de aquellas manos o la cabeza en mosaicos pelirrojos de ella genere lástima, risa y compasión a la vez. La unión de dos seres de tics tan desproporcionados no puede caber en un solo cuento.

Los seis textos confirman que las relaciones de pareja son un buen laboratorio para hablar sobre las debilidades de los otros. Los cuentos de Guadalupe Nettel tienen fisuras, como las denomina Rafael Lemus, y según su lectura, las encuentra en «Bezoar» y «Al otro lado del muelle». Por mi parte, encuentro criticables algunos títulos. Breves en su mayoría, son enigmas que el lector debe desentrañar a lo largo del cuento. En ocasiones adoptan nuevos sentidos, como en «Bonsái», pero en otros textos, el enigma del que parecen investidos, sirve sólo como ornamento, este es el caso de «Bezoir» o «Transpersiana». A pesar de lo anterior, la posibilidad de espiar impunemente sobre el hombro de los otros y conocer no sólo sus vidas, sino sus más secretas obsesiones, es un anzuelo que no se debe desaprovechar.

Diana Sofía Hernández

Universidad de Guadalajara

 

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Notas al pie:

  1.  Jessica Pérez-Casarrubias, “Guadalupe Nettel, Pétalos y otras historias incómodas”. Letras e intrusiones, Núm. Cero, 2008.  Versión electrónica: http://letraseintrusiones.wordpress.com/numeros-anteriores/numero-cero/al-margen
  2.  Guadalupe Nettel ha escrito algunas de sus obras en lengua francesa, lo que le ha permitido ampliar el espectro de sus lectores. La edición en francés de Juegos de artificios (1993), su primer libro de cuentos, Les jours fossiles, obtuvo el premio Prix de la Meilleure Nouvelle en Langue Française para países no francófonos, de Radio France Internacionale (1992), su segunda novela El huésped (2005), publicada simultáneamente en francés, recibió el Premio Anna Seghers (2008), y su versión en castellano quedó finalista del Premio Herralde. Ha vivido en Barcelona, Canadá y Francia, donde en el 2008 obtuvo un doctorado en Ciencias de Lenguaje, en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de la ciudad de París.
  3.  Como ejemplo, baste el título de una entrevista realizada por Carles Geli en el periódico El país: “Prefiero permanecer en la periferia” (19 de noviembre de 2011).
  4. “Seres imperfectos viviendo en un mundo imperfecto, estamos condenados a encontrar sólo migajas de felicidad” Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso “-¿En qué consiste la belleza del monstruo? / -En su no darse cuenta.” Mario Bellatin.
  5. Rafael Lemus, “Pétalos y otras historias incómodas de Guadalupe Nettel”, Letras Libres, no. 1111, marzo 2008. Versión electrónica: http://www.letraslibres.com/revista/libros/petalos-y-otras-historias-incomodas-de-guadalupe-nettel.